lunes 12 de octubre de 2009

¿Te sorprende volver a verme? ¿O simplemente es miedo?

Un soldado joven vuelve a casa después de mucho tiempo. No le ponemos nombre porque no lo tiene. Es, simplemente, uno más entre tantos otros: los anónimos, los sin-rostro, las cifras temblonas de la pantalla de una calculadora estropeada.

Aquellos que fueron al frente en nombre de las patrias y allí se quedaron, haciendo montoncitos entre las trincheras o en el barro, uno sobre otro, monumentos muertos a las vidas rotas.

Y también aquellos que volvieron como vuelve nuestro soldado: apoyada la frente contra la ventanilla del tren y perdida la mirada en el paisaje que se desliza fuera, cambiante y silencioso.

Temblando sobre el cristal le baila y le mira el reflejo de su ojo abierto y le guiña, travieso, el ojo que le cerró la metralla.

“Aquí ya se ha terminado, vuelvan a sus casas”
Y siente todavía la mano del oficial apretando su hombro.

Si ganaron o perdieron, eso nunca se sabe. Las almas desconocidas, los rostros sin rostro, las cifras perdidas, vuelven a sus patrias: a sus casas o a las calles o a donde pueden; locos y mutilados, heridos del alma, retornan del frente a lo que les queda o a lo que les dejen, para buscar un pequeño rincón donde, al abrigo de las miradas y sin molestar a nadie, puedan rumiar el silencio y hacer su existencia.

Vuelve a casa nuestro soldado. La guerra ha terminado. El tren se bambolea, chirría, se detiene y una marea humana se baja. Llenan la estación hombrecitos de trapo y vendas, de pechos hundidos y barba incipiente; los que vienen enteros y los que se dejaron algo -un brazo, una pierna, la felicidad, la cordura-; se buscan los ojos, se cruzan los rostros, se mezclan y se arremolinan; están los que se funden con quienes los esperan, los que se dispersan y se alejan y los que se quedan quietos vagando la mirada alrededor.

Están los besos, los abrazos y también las ausencias. De los que no esperaron y de los que no volvieron.

Y cuando decae el sol de primavera y un cielo rosado baña en bronce las baldosas de la estación desierta, nuestro joven soldado echa a caminar con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos . Caminar le gusta, le ayuda a no pensar.

Si cierra su ojo lo asaltan ecos y rumores de guerra y si posa la vista en algo -en un rostro, en una mirada, en una sonrisa, en un objeto cualquiera- lo asaltan imágenes vivas, breves, fugaces, silenciosas, intensas, de botas, de barro, de jirones, de muecas frías, de ráfagas, brillos de metal, estampidas y tierra batida. Así que se mira las botas andar en el suelo.

Llega. Llega entonces. Llega por fin. Pero se detiene. En el cristal de un escaparate vacío se recorta su silueta y le mira su reflejo. Se acerca y se ve a sí mismo como una sombra de media cara, como una bestia quemada, como un salvaje de hierro y fuego.
Se lleva la mano al pecho y se agarra fuerte para sentir que todavía le late algo dentro.

...

Una mirada colgada de un rostro asustado que, desde el marco de la puerta, escruta al hombre erguido, quieto en el rellano. El silencio se hace eterno entre ellos.

-¿Te sorprende volver a verme? ¿O simplemente es miedo?

Frase de Yandros, de Cuentacuentos.

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domingo 14 de junio de 2009

Así te quise, te recuerdo y te olvido


Quiso mi alma detener el tiempo y el tiempo se detuvo con ella entre mis brazos. Me apretaba con fuerza. La sentía respirar y latir, y respiraba yo de su cuello suave.

Se deslizaron, con timidez, mis labios sellados por su piel morena, y apoyé mi cabeza en su hombro desnudo con un beso no declarado.

Cerré los ojos, la estreché más, e inundé todos mis sentidos aspirando su piel.

Y volvió de pronto el transcurrir del tiempo que nos mojó la realidad. Una sonrisa triste y un adiós, y antes de subir al tren, una broma y tu mano removiendo mi pelo.Te perdiste tras la ventana y yo, desorientado, busqué mi asiento -uno cualquiera- en el vagón vacío y me senté para mirarte en el paisaje y en todas las cosas.

Me senté y me quedé perdido. No me atreví a respirar porque sabía que el aire inundaría de tristeza mis pulmones, no me atreví a cerrar los ojos porque sabía que tu sonrisa se asomaría a mis sueños, no quise mover ni un milímetro del cuerpo para que no se volara el velo que arropaba mi alma desnuda.

Dejó de latir mi corazón, por miedo a derramarse en la soledad.
Y me quedé muy quieto, mecido al vaivén del tren, tratando de esquivar las heridas vertidas sobre mi piel desierta.
........

Ahora que ha pasado el tiempo solo queda el recuerdo. El aire girando espeso en la estación silenciosa.

Y me sorprendo buscando entre los rostros el recuerdo de tu mirada.

Así te quise (o te quiero)
así te recuerdo
y te olvido.

domingo 7 de junio de 2009

Así soy, o así fuí, mientras escribo

Hoy hace veinte años que nací.

Los años vienen, se suman, se suceden y así, sin más, se van. O se quedan atrás, pero no vuelven. Ayer tenía diecinueve años y hoy, que nada ha cambiado o que ha cambiado todo, sé que nunca más volveré a tener esa edad. Ya es parte del recuerdo, es el ayer.

Dicen que a partir de los veinte la vida se convierte en una carrera loca y los años vuelan y se confunden. Dicen. Lo dicen los que entienden, que son los que los han vivido. Eso, la verdad, nos asusta un poco a los que nos queda por vivirlo. Quizá porque ya empezamos a intuir cómo funciona la dinámica de la vida y se nos van acostumbrando -e insensibilizando- los sentidos al paso y al peso del tiempo. Nos hacemos mayores. Y eso no entiende de cifras ni de fechas.

He cumplido veinte. Tengo que repetirlo para creerlo. Y se abate sobre mí un pensamiento triste, algo trágico, que, aunque suene raro, lo hace hermoso y me hace feliz porque me inspira.

El momento, el instante en sí, el acto de soledad y recogimiento que es la inspiración, es triste y es alegre. Uno de esos momentos que te hacen llorar y también reir por desear llorar. Un poco como cuando ves una película dramática y se te encoge algo en la garganta y se te empañan los ojos. Todo es solemnidad y trascendencia. Es vida además de existencia. Y todos los artistas que llevamos dentro sin saberlo se mueren por crear y expresarse mientras dura el hechizo. Quién no lo ha sentido alguna vez....

La inspiración se va cuando la rutina llega. Se apagan un poco los colores de la vida, porque la mirada ve una preocupación y luego otra, aspira a algo y luego a aquello, estudia hoy para trabajar mañana, trabaja ahora para vivir luego, y luego no vive porque ve una preocupación y luego otra...

La vida, que es tragedia y es comedia, que es locura y contradicción, inspiración y poesía, se repliega silenciosa y solo brota para interrumpir la existencia y anunciar que en un instante descubriste el amor y ayer perdiste a un ser querido, que hoy aprendiste algo nuevo y ahora descubriste algo en tí, que el corazón canta o sufre, pero que, en definitiva, late.

En la comodidad de la existencia, te sobresaltas cuando esto llega.

Al final parece que toda la vida se reduce a un breve relato que un viejo se cuenta a sí mismo cuando, tumbado en la cama, en la soledad de la noche, intuye que no vivirá para ver el nuevo amanecer. Abre entonces despacio el libro de la memoria y se muestra su colección de recuerdos, se reconcilia con ellos, se despide de ellos, sonrie, se dice adiós y se va tranquilo.

Ése es el sentimiento trágico que me viene a veces. Porque somos un animal de recuerdos y de conciencia. Aunque solo existe el ahora, el instante. El instante que siempre está y se nos escapa, que siempre fluye y se desborda, desde que nacimos hasta que nos vamos, y luego el recuerdo: la memoria que nos hace.

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He cumplido veinte años y quiero que cada año sea una vida dentro de la vida, y que cada día sea una aventura y un monumento para mi memoria. Miro atrás y veo lo que he cambiado, lo que cabe en un solo año de vida. Un amigo, que hace un año todavía no conocía, me regaló un diario, y en él me asomo a veces para verme reflejado: las inquietudes, los sueños, las emociones, los pensamientos, las ideas que vienen y se van, quedan ahí, inmortalizadas en papel. Escribir es detener el tiempo, para incoporarse después a él de nuevo, pero de manera más intensa.

Supongo que nos hacemos mayores así, a oleadas de conciencia: es como mirarse en un espejo después de cuatro años sin hacerlo y ver lo que has cambiado. Así es mirarte en un diario o mirarte en un blog, como así es mirarte a través de la mirada de otra persona. Una persona, una experiencia, una mirada, una sonrisa, una novela, y ya no somos lo que fuimos. Siendo los mismos, todo ha cambiado. La vida es abismo y vértigo. Y para mí la belleza consiste en verlo y sentirlo. Para no perderte nada y aprenderlo todo.

Ahora tengo veinte y veo más que hace un año. Últimamente mi corazón late como si en él se hallasen reunidas un grupo de viejas histéricas para tomar el té. Nunca antes había estado en una inspiración perpetua, o tan larga. Es el corazón, que me trota dentro como sobresaltado. Herido de belleza, me baila, me golpea y me quema, se estremece, se dilata y se encoje, y todo ello sin dolor. Hay una belleza trágica, hay armonía, hay nostalgia, y la piel se desnuda al aire, la risa te viene fácil y el corazón rebelde parece que quiere salir del pecho y vivir él solo. Vivirlo todo y ahora. Que es lo único que importa.

Al fin y al cabo las luces del mundo las ponemos nosotros. Secretamente disfruto de la época de exámenes. Si me llego a encontrar con mi yo de hace un año y le cuento esto, probablemente no me habría entendido. La vida consiste en un renacer constante a partir de lo que somos. Estamos expuestos a ello. Sobre todo, si dejamos entrar a la belleza en la vida. Yo no quiero sustituir un día de examenes por otro de verano, y mucho menos quiero terminar cuanto antes primero de carrera para disfrutar de las vacaciones. Cada cosa en su momento.

Me duele pensar que un día o unos días van a ser simplemente un tránsito o un vacío hacia algo mejor, hacia la vida real. No quiero que llegue nada. Ya llegará. Me gustan los días de sol, pero no cambiaría un día de lluvia por otro soleado, y no podría valorar un día de sol sin uno de lluvia. Los colores que le pongo al mundo le sientan bien. Él lo sabe y lo agradece. Ahora tenemos un pacto, que no es secreto: el mundo rota para mí y yo veo la belleza y se la cuento. Y siempre, pase lo que pase, habrá algo bello por lo que seguir en pié.

Le digo al mundo que me ayude a tener los ojos bien abiertos para no perderme nada, y el mundo me dice que se lo cuente todo, que solo puede mirarse si yo no me apago. Le regalo armonía y él me regala equilibrio y paz

Es bonita así la vida.


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He cumplido veinte años...Y así soy, o así fui, mientras escribo.

(publicado un día después de mi cumpleaños)





lunes 27 de abril de 2009

El amanecer de la conciencia

"Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas."

Abatido por una ola, Karl quedó tendido en la orilla entre remolinos de espuma y torbellinos de arena; y así se quedó, tumbado al sol boca arriba mientras el agua recorría su piel y salpicaba su rostro deslizándose en retirada a las fauces del mar.


Y sintió, fugazmente, la leve brisa del aire y el calor del sol sobre su cuerpo vencido en la arena. Y esperó a morir. Repentinamente feliz y reconfortado, dibujó una sonrisa, se le dispararon las emociones y le abandonaron sus energías, y vació el aire de los pulmones aguardando ser desbordado por una nueva ola para contemplar, sumergido y arropado, el cielo azul y los rayos del sol bailando en la superficie del agua ondulada por el viento, antes de cerrar los ojos y respirar el mar.

Ocurrió como esperaba: lo abrazó una ola enorme zarandeándole violentamente, pero apenas sí se dio cuenta, y miró asombrado al agua turbia deshacerse con la espuma hasta volverse claridad, y admiró el brillo del sol danzando sobre las crestas del oleaje roto primero, y luego tranquilo y transparente al cielo, brillante y sereno en un concierto de mil reflejos de paz.

“Que hermoso morir con éste espectáculo de vida”, pensó Karl, y se quedó contemplando la belleza, sintiendo la armonía que le bailaba dentro y le recorría el cuerpo acariciándole hasta las manos y los dedos de los pies. Era reconfortante, era un sentimiento de paz y armonía, era la hermosa tragedia del último instante de vida suspendido en la eternidad del tiempo antes de confundirse los sentidos, perderse la conciencia, cerrar los ojos y apagarse el alma.

Cerró los ojos y sonrió a la vida, y lentamente fue meciéndose en una suave letanía que lo llevaba lejos, muy lejos. “Así que es dulce morir. Ahora lo sé”, pensó, y se sintió pequeño y frágil, y quiso que le abrazasen y se sintió abrazado, y quiso que lo arropasen y se sintió arropado, y quiso llorar de felicidad y lloró.
………

Sintió las lágrimas deslizándose por el rostro. Las sintió húmedas. Cálidas. Se le ocurrió abrir los ojos para verlo, pero todo era demasiado bello. Sin embargo, se le había colado la curiosidad en la belleza, y se preguntó, con inquietud, por qué su rostro sentía o seguía sintiendo. Pero no podía.

Entonces, las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas.

“Vive Karl, vive, quiero ver más sonrisas y nuevos amaneceres. Quiero ver el sol y el cielo a través del mar. Te necesito para amar la vida todo lo que no la amé, para estremecerme con cada instante, para sentir a cada persona y mirarme en cada mirada. Vive que quiero la vida ahora que he visto que la muerte es dulce y que no hay por qué temerla, y haremos de cada día una aventura, algo extraordinario e intenso. Vive, ahora que sabemos que el hoy es el único ahora que hace la memoria del ayer, y ama y deja entrar el amor en tu vida olvidando los caminos seguros sin temor a sufrir y sin miedo al miedo, ahora que sabes que cuando te vas sólo queda el último instante del último aliento columpiado sobre el último recuerdo, que puede ser del ayer o de cuando naciste. Vive para mí y te prometo que cada día será un monumento para la memoria, y así, dentro de mucho, cuando te duermas bajo el mar, te sabrás satisfecho de haber sido un hombre excepcional. Una auténtica leyenda para ti y para quienes se crucen en tu vida. Vive Karl, vive para ser excepcional”

Karl abrió los ojos y regresó a la vida, vomitó agua y le nació una fuerza salvaje para aferrar la arena en sus puños. Entonces comprendió, y abrió la boca para que le saciase la sed una tormenta tropical; porque descubrió que mojaba del cielo un chaparrón vertido desde un remolino de nubes, y miró al mar, que cabalgaba encrespado y violento, pero replegándose, reculando al horizonte; y se sintió seguro, tuvo fuerzas para sonreír, y se durmió bajo un coro melodioso y relajante de lluvia repiqueteando en sus párpados desde el firmamento encapotado. Y aún tuvo fuerzas de sonreír en sueños y se le erizó la piel, porque la vida se le antojaba estremecedoramente hermosa.

fin


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Frase original de El Señor de las Historias. "Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas."


jueves 16 de abril de 2009

retrato de yo, retrato de 10

Días para la memoria

No sé si es el tiempo de primavera ni si os ha pasado, pero hay días que me levanto con una sensibilidad diferente hacia las cosas, y desde el amanecer que me despierta (dejo la persiana subida) me descubro más susceptible a los colores, a los olores; siento el peso del aire y su dirección, rubores en las mejillas, vértigos en el estómago, latidos alborotados en mi corazón; y vivo atento a todo como una esponja, empapándome de lo que me rodea.

No, no estoy enamorado. Es, más bien, como cuando ves una película o escuchas una canción o haces algo que te emociona y la piel se eriza y te estremeces. Pues así, en ése estado de gracia, como un animalito herido de sensibilidad y nostalgia, amanecí dos mañanas de extraña alegría, y me duró la cosa toda la jornada.

Eran mañanas de un sol temprano, robado al verano, que crecía y se desparramaba entre las sombras, todavía frías, de una ciudad vestida de colores dorados y temperaturas agradables. También eran días de universidad, y allí marchaba más vulnerable que otras veces, con la sangre caliente y la alegría fácil, casi asustado por la trascendencia y solemnidad de cada paso, de cada gesto, de la belleza de cada instante; como si de repente toda la vida implosionase en una tormenta de fiebres salvajes y se desbordase en una sola nota de una canción perpetua, alcanzando al corazón desnudo.

No encuentro palabras para describirlo. Supongo que se trata de la embriaguez de la felicidad. No de la felicidad de los amores de los enamorados, sino la felicidad de los solitarios reconciliados en su soledad. La felicidad que te embiste sin tiempo a que te pertreches, y que te derriba muerto de risa para que te levantes con la curiosidad renacida que la monotonía mata, con la emoción rescatada que los días iguales marchitan, y con la ilusión por la vida que la rutina ahoga.

Aquellas dos mañanas fueron para mí como un viaje a lugares lejanos y exóticos, pero sin salir de casa. Si me preguntan diría que es por lo que me gusta viajar, y por lo que parece que nunca hecho raíces, ni con grupos de amistades fijas, ni con hábitos arraigados, ni con parejas estables, ni con lugares favoritos… porque –como alguien me dijo una vez- parece que vivo siempre de paso a otro sitio, en inminente transición a otro lugar, a un nuevo mundo siempre por descubrir.

Y al finalizar las clases, tendido al sol con un libro abierto, soñando en todo y pensando en nada, como un salvaje perdido en una isla de inspiración, me pasó lo que a veces pasa: un golpe de conciencia se abatió sobre mí, y tuve que sacar precipitadamente un papel en blanco para atrapar en tinta la delirante carrera de ideas locas que brotaban descontroladas, peleándose en desbandada y catapultando al viento reflexiones que amenazaban con deshacerse en el aire sin llegar a tocar nunca el papel.


De la escritura


Escribir el día a día, aunque sea muy de vez en cuando, supone una terapia para los sentidos, en tanto que éstos fluyen en cauce de palabras para arrojar hacia el mar abierto –libres- los sentimientos amarrados y -en orden- el caos de ideas solapadas, superpuestas o enfrentadas en la confusión de la conciencia.

Te levantas, desayunas –o no-, y en el nuevo día vives, te asombras, te inquietas, acumulas experiencia, aprendes, respiras, miras, escuchas, y el mundo se pliega a ti y te convierte en eje y sentido de todo lo que rota dentro de tus horizontes. Más allá de ellos solo hay cortinas de humo deslizándose en penumbra, y la vida no hace su representación allí porque no te tiene a ti, espectador, para que la mires, sufras, admires, y…vivas. Tu vida son sombras desparramadas y, proyectadas por tu cuerpo sobre el suelo, te rodean y te cercan o te abrigan. Más acá de su contorno, tu y tu representación del mundo; más allá, nada.

Entonces, condenado a ser protagonista desconocido de tu conciencia, te sientas y decides escribir. Y eso es como empezar a caminar. Te caes y te levantas, y a tientas das los primeros pasos. Durante los primeros pasos, las ideas y los sentimientos se reflejan confusos cuando tu mirada vuelve atrás para mirar lo escrito. Eso no es lo que yo quería escribir, dices. Y hay algo de malestar, a veces la confusión aumenta, o surge la impotencia, porque te descubres incapaz de expresar lo que dentro de ti se enreda y trepa buscando desesperadamente el escape a una tormenta encerrada.

Hay algo que durante el día te emociona: una conversación, una película, un libro, que sé yo, y el corazón toca a tu puerta con latidos insistentes. Te dice que escribas. Te das cuenta, y corres antes de que se te pase, para que las palabras amarren lo que la memoria olvida. Empieza el espectáculo: un abanico de posibilidades se abre ante tu pluma y tu página en blanco: cuando ésta vence a aquella, y en retirada te repliegas, esperando otro día; cuando comienzas con una frase, borras –o tachas-, y vuelves a comenzar, y luego añades, quitas y pones, y al final el resultado está tan alejado de tu idea primigenia que huyes porque no te queda otra que aceptar tu derrota; o cuando, por fin, de las derrotas pasadas resurge tu experiencia, y de la constancia y la insistencia, del empeño de querer decir lo que quieres decir –y no otra cosa- descubres, sorprendido, que un buen día el papel cede al pulso, que las ideas se tienden y avanzan sobre el blanco, encadenadas con cierta armonía, unidos sus eslabones palabra tras palabra, sin interrupciones y con un ritmo nuevo, espontáneo y alegre, que se derrama sobre el papel al compás del alma; porque descubres que ya no son las manos las que escriben. Escribes con el alma.

Son los breves momentos de dominio de la existencia, y el mundo no rota porque espera a que termines. Yo, animal orgulloso, soberano e inmortal. Y luego de vuelta a la vida, con todo lo que eso lleva.


La idea y el olvido

Me ocurre, y muy contadas veces, que la inspiración momentánea, la bombilla que se enciende, me arrastra y me domina por completo y me dice que o aquí y ahora – ¡ya, rápido!-, o que la voy a olvidar por completo. La mayoría de las veces, me guardo la idea y la pospongo para otro día –e, invariablemente, la acabo olvidando-, pero cuando esto no pasa, y una idea se materializa súbitamente como reveladora y urgente, me lanzo desbocado a encontrar un soporte sobre el que fijar mis fiebres de lucidez. El resultado suele consistir en cuatro renglones torcidos, escritos a toda prisa –y muchas veces ininteligibles- desprovistos de toda coherencia: completamente absurdos. Entonces alzo el papel y miro extrañado el sinsentido plasmado de lo que pretendía ser el más sublime de los proyectos, y no puedo hacer menos que reírme y enmarcar la solemne chorrada de lo que, lamentablemente, ya olvidé. Eso me pasó en aquel momento, y me recordó lo que un amigo me dijo en su día. Se había despertado súbitamente, iluminado por un sueño increíblemente original, con una idea perfecta para escribir un guión sobre una pareja de enamorados; y me contó que se sentó a escribir, abrió el Word, tecleó “Él y ella se encuentran”, y fin. Nada más. La página en blanco. La mente en blanco. Con la boca abierta, y con aire estúpido.

¿Te vas?

En realidad lo que hoy quería escribir era lo siguiente: no se si os pasa que, en circunstancias excepcionales, cuando uno viaja o hace algo especialmente novedoso, el tiempo se deforma, se contrae o expande como a sacudidas, moldeado por nuestros instintos de depredador susceptible a lo nuevo, quebrando las unidades del tiempo fabricadas para el animal domesticado en horas de sesenta minutos. El tiempo deja de ser tiempo, y los días duran lo que dura tu avidez de lo excepcional: es la noción del tiempo del viajero, del primer día de universidad, de los enamorados, de las emociones a flor de piel; y también el tiempo de las tragedias, de los reveses y las nostalgias frescas, -hasta que, para bien o para mal, recuperas el señorío de lo cotidiano, el trote seguro de las horas y de los días y de los meses y de los años en un lento paseo distraído y fugaz; fugaz porque en el intervalo que vuelves el rostro para mirar atrás, se abre un vacío en el que ya voló una década, y estás en los treinta cuando ayer vivías en los dieciocho. El tiempo, que nos traiciona.


El tiempo, que nos traiciona

Los días duran más cuando eres niño. Tengo ese recuerdo. A partir de los dieciséis, en mi caso, ha sido como despegar a todo correr para echar a volar con todas sus consecuencias: un bidón de combustible, que dura lo que dura la vida si no hay percances que nos la roben. Y siendo ateo por mirar y no ver –y no por moda-, la tragedia es mayor: porque nadie aterriza. Nunca, nadie. Así que solo queda vivir la tragicomedia en todo su esplendor, antes de caer en retorno a la tierra que nos vio nacer.

Así que te aferras al presente, y no quieres soltarlo. Guardé el papel garabateado de ideas confusas, y entonces pensé otra cosa, y sentí vértigo por el abismo de la vida, por todo lo que quería hacer y el poco tiempo que me quedaba, que se escapaba. Primero de carrera; yo, en Primero. Cuando eres pequeño miras a los mayores como seres enormes y sobrenaturales –aunque sean chiquillos de cuarto de la ESO- y en el fondo piensas que tú nunca llegarás a eso, porque está muy lejos. No puedes hacer el ejercicio de imaginarte en ese futuro siempre a la vuelta de la esquina, lejos como el horizonte, que se desplaza contigo, que recula contigo, pero que siempre impone una distancia inabarcable. ¿Cómo seré yo de mayor? Te deshaces en expectativas, como suspendido en un tiempo de estatuas de piedra donde todos conservan su función: el mundo quieto te tiene reservado el eterno papel de niño…Y qué desilusión, cuando en realidad descubres que los años acabarán atropellándose uno tras otro, y que te haces mayor de edad y tampoco es tan especial, y que empiezas la universidad y que somos los mismos adolescentes de siempre… Un buen día, hablando con una señora muy bajita, me di cuenta de que en realidad yo era gigante y que, según mis cálculos, en esos momentos de mi vida yo me habría convertido ya en uno de aquellos armarios que de pequeño veía, allá arriba, rozando el techo. Y tendría apenas trece años.

....continuará