lunes, 30 de julio de 2007

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir

Cuatro paredes blancas. Sin ventanas. Sólo un austero escritorio, enteramente blanco también, sobre un suelo de un blanco pulcro, con un señor con traje blanco, que espera sentado, apoyadas las manos sobre el escritorio, jugueteando con la pluma y mirando de tanto en tanto el reloj que cuelga frente a él, encima del marco de la puerta, todo ello de un blanco solemne, por supuesto.
Se interrumpe el silencio, una mano toca la puerta, se hace el silencio de nuevo y, por fin, el pomo gira y un hombre joven, muy joven, la cruza y toma asiento frente al hombre de blanco.
De nuevo el silencio. Y así trascurren los minutos, rasgado el silencio con el suave repiqueteo del reloj de pared y con el suave latido del corazón del joven que, por otra parte, es el vivo reflejo de la indiferencia, pues su rostro no muestra ninguna emoción y su mirada, aunque cargada de intensidad, se posa sobre la del hombre de blanco sin sentimiento, sin mostrar un ápice de cualquier emoción humana, y éste a su vez se la devuelve, si cabe, con mayor intensidad bajo sus pobladas cejas, pero también rodeada de un áurea de indiferencia, como tallada en piedra, inexpugnable. Sólo se miran, sin pestañear, como dos estatuas silenciosas en duelo.

- Tienes que elegir- las palabras brotan de la garganta del hombre de blanco interrumpiendo el silencio bruscamente.

El joven, sin que la más mínima alteración surque su rostro, se limita a carraspear y dice:
- Por eso es por lo que me encuentro aquí. ¿No es así?

El hombre de blanco asiente al tiempo que juguetea con la pluma. En su rostro se dibuja una mueca, tal vez el preludio de una sonrisa, que, sin embargo, queda en nada, pues sus facciones se reafirman inmediatamente.

- Tienes que elegir- repite con el mismo tono mientras se acomoda sobre el respaldo, y su mirada cobra una intensidad aún mayor escrutando al joven, al que sabe inexpugnable, al menos de momento.

- No sé porqué he de hacerlo, en verdad. Como tampoco sé que es lo que hay que elegir, así que considero de vital importancia que antes tratemos el asunto, lo que quiera que sea aquello que concierne a mi vida, pues una decisión siempre supone abrir una puerta y cerrar otra. Pero, como ya digo, ni sé sobre que hay que decidir. Quizá usted arroje un poco de luz sobre este asunto si no se limita a repetir la misma frase…

El hombre de blanco escucha sus palabras sin que la más mínima alteración asome de su rostro, y tras una pausa en la que las miradas siguen cruzadas, pétreas, como si la conversación no se hubiese dado, como si los ojos se posasen sobre realidades ajenas a la que revelan las bocas al hablar, responde en un torrente de palabras que, sin embargo, fluyen tranquilas, sosegadas:

- Me temo que poco tengo que decir yo sobre este asunto. Como bien ha dicho, es parte de su vida, y como parte de su vida que es, sólo a usted, y a nadie más le concierne. Poca luz puedo arrojar yo sobre sus decisiones, sobre su vida, pues es la suya, no la mía. Y yo no soy quien para alterar la balanza sobre la que pesan sus decisiones. No, yo no tengo ese poder, ese privilegio. Usted, como dueño de su libertad que es, deberá elegir, libremente, sin intromisión de nadie, pues sólo entonces hará lo que hace porque es quien es, y no porque otros hayan trazado previamente la senda por la que serán conducidos sus pasos, como el rebaño sigue al pastor, o peor aún, como el rebaño sigue al rebaño.

El joven, quien no deja de asimilar las palabras del hombre de negro sin el más leve movimiento de cabeza mientras sus ojos lo escrutan y hablan en otro plano, replica con el mismo tono de voz, suave y pausadamente:

- Razón puede que no le falten a sus palabras. Sin embargo aquí me encuentro yo, preguntando sobre lo que hay que decidir, no sobre la vida y las decisiones, sino sobre lo que ahora mismo usted, que me considera libre, me apela a responder, siendo yo prisionero primero de mi ignorancia acerca de todo esto, y segundo de estas cuatro paredes que me obligan a elegir, a decidirme, y con ello a renunciar, sin saber bien a qué, sin saber bien el porqué.

- El porqué está claro, joven. Porque así es la vida, tarde o temprano. Porque usted es quien es gracias en gran parte a las decisiones que han desencadenado sucesos, de los cuales se ha empapado su alma, su personalidad, o como quiera llamarlo, hasta el punto de que usted es quien es porque el azar, y luego su voluntad, y sus decisiones, han determinado que así sea, condicionando su manera de pensar, de actuar, su personalidad, todo. La vida funciona así, se mueve bajo esa dinámica, y la vida lo es todo- estas últimas palabras las dice con una solemnidad que no queda registrada ni en sus gestos, ni en lo imperturbable de su persona-. De modo que elija, pues el tiempo corre paralelamente a la vida y- añadió consultando el reloj de la pared- el tiempo para esta elección de agota.

El joven ni siquiera pestañea, ni parece perturbado su espíritu por la prisa que ronda sobre su cabeza esperando caer, pues sigue sin saber, sin comprender, sobre qué es lo que tiene que elegir.

- Todo eso no responde a mi situación. Como ya le he dicho usted me pone entre la espada y la pared, y poca libertad hay en ello. El tiempo corre pero yo necesito saber más, y no creo que sus respuestas condicionen ninguna balanza, pues solo se trata de saber. Saber para luego decidir en consecuencia, y ser responsable de mis actuaciones.

- No comprende. No…no comprende – estas palabras son precedidas de la misma mirada penetrante e inexpresiva, desnudas por otra parte de todo gesto-. El problema es que nunca sabemos, no sabemos nada. Las decisiones se fundamentan sobre cimientos inestables. O acaso usted habría decidido aquella tarde de julio, en el parque de atracciones, con su sobrino, rodear la gran noria por la parte derecha, sabiendo previamente que, de haberla rodeado por el camino izquierdo, usted se habría chocado con quien sería, con el tiempo y el cariño, su futura esposa, siendo padre ahora de una preciosa hijita de ojos azules y un hombre feliz….No, usted escogió el camino derecho, y no hay nada malo en ello. Simplemente escogió, simplemente vivió, y ahora es quien es porque caminó por la derecha, y por lo mismo es también feliz, siendo soltero, con unas inquietudes y unas aspiraciones diferentes. Por ejemplo en usted no se ha despertado el instinto paternal como lo hubiese hecho de haber caminado por la izquierda.

Una sombra de sentimiento apenas imperceptible cruza el rostro del joven, quien ahora, con un ligero temblor de voz, comienza sus palabras:

- De ser cierto lo que usted comenta, y a juzgar por su semblante que lo es, dígame, si es tan amable, como podré alcanzar yo la dicha y la paz en mi vida, sabedor de que he perdido una mujer y una hija de precisosos ojos azules. Sus palabras me atormentan. Ya he pensado alguna vez en ello pero sólo ahora alcanzo plena conciencia de mi vida: me encuentro a la deriva en un océano de oportunidades perdidas.

- No. Esa no es su vida. Eso es la vida, en esencia. – le interrumpe el hombre de blanco- y por ello, para que usted siga el curso de su vida sin verse perturbado por saber más de lo que debe, por ello, yo no puedo arrojar ninguna luz sobre el asunto, no puedo decirle sobre qué tiene que elegir, joven, pues sólo así la vida cobra sentido, sólo así usted se constituye en individuo libre, no prisionero del saber, de lo que pudo haber sido y, sin embargo, no es ni será. Esas son las limitaciones naturales de la vida, y la vida es sinónimo de libertad, y la libertad le forja a usted como persona. Yo no puedo ayudarle, yo no puedo intervenir. Elija. El tiempo corre. El tiempo se agota.

Se puede apreciar ahora como la mandíbula del joven se tensa, apenas una fracción de segundo, para volver a su posición original, mientras asimila las palabras del hombre de blanco, y su actitud adopta una postura reflexiva, como ajeno a las prisas y, sin embargo, en su mirada imperturbable, en sus ojos abiertos, se revela el nerviosismo. Pero sus labios funcionan al margen, como esculpidos en otro rostro, y, pacientemente, dice:

- No estoy de acuerdo en ciertos aspectos de lo que usted comenta.
En primer lugar, ya ha alterado mi vida con una información que nunca debería de haber llegado a mis oídos. Ahora cargo con un peso en la conciencia. Nunca he amado y ahora sé que, en el pasado, pude haber amado. En segundo lugar, usted considera que no es quien para influir o intervenir en mi vida, y sin embargo, en el día a día, el ser humano, que es un ser social por naturaleza, adopta una u otras decisiones en función de sus seres queridos, que le aconsejan, y que incluso deciden por ellos mismos, buscando, ciertamente, lo mejor para los mismos. Es innegable que somos de quienes nos rodeamos, y quienes nos rodean arrojan el saber del que nosotros carecemos, y viceversa. ¿Cómo es entonces que usted, como persona, considera una privación de mi libertad poner sobre la mesa el objeto, u objetos, sobre los que pese mi elección?


La pluma deja de bailar, el hombre de blanco la descansa sobre la mesa, se inclina sobre el escritorio, la mirada indefinida, casi aburrida, y comenta lo siguiente:

- Veo que ha tenido en consideración el tratarme como persona, como ser humano, y si bien comparto sus palabras, me considero en la obligación de desmentir mi apariencia humana, y con ello, a negarle mi ayuda.

En el joven no apareció ninguna manifestación de sorpresa

- ¿Quién o qué es entonces?

-… Respecto al primer punto, he de aclarar que toda la información que yo aporte sobre su pasado, es cosa del pasado, y como tal, no va a tener repercusión en su ánimo, ni cabida en su memoria cuando el tiempo finalice y usted despierte…Lo importante es el ahora, es este mismo instante. Elija.

De no ser por la perla de sudor que resbala por la sien del joven, nadie diría que se encuentra ante una situación comprometida, pues su silueta sigue contenida, inamovible, aunque su mirada de roca inerte se muestra ahora susceptible, temerosa. Respira hondo y movido por una fugaz revelación, dice:

- Creo que ahora entiendo…Sí. Usted soy yo, por ello no puede ayudarme…

Por toda respuesta obtiene el silencio, si acaso una ligera sonrisa que parece perfilarse en el hombre de blanco, apenas un movimiento imperceptible de los labios.

- ¡Tú eres yo, y al mismo tiempo no eres nadie, porque nadie podría saber lo de la noria! – el nerviosismo se apodera del joven y tiembla por momentos. Su mirada se muestra afligida, ya no hay nada que ocultar. Ya no hay duelo.

- Le tiemblan las manos, joven.

- Lo sé, y también me sudan. Ya sé sobre que tengo que elegir, porque sé lo mismo que tú sabes, y creo estar seguro de mi elección, pero antes de despertar quisiera saber, quisiera preguntarme a mi mismo, pero a través de ti, más cosas sobre el pasado, sólo estando seguro de que estas no me van a atormentar por la mañana, durante el día, y los días siguientes.

- Puede,..Puedes estar seguro de ello. Esto es pura rutina. Todas las noches ocurre. Cuando por fin te entregas a los sueños. Tu te sientas, yo espero sentado, y ante nosotros, una nueva decisión que se asienta en nuestro subconsciente y se gesta hasta ponerse en práctica al día siguiente, o a los días siguientes. A veces decides dormido cosas que pasarán dentro de mucho tiempo, porqué tú abres esa vía, esa posibilidad.

- Lo sé. Sé todo lo que tú sabes, pero tengo miedo, y sé que sabes cuál es mi decisión, así que antes de que acabe el tiempo me gustaría que me cuentes más cosas que pude haber hecho en el pasado, pues eso no lo sabe nadie, y tu tienes el concepto de nada en ti mismo- y añade con ansiedad en la mirada, como anhelando la respuesta que hace feliz al niño- ¿Pude haber amado en más ocasiones?

Esboza por fin una amplia sonrisa el hombre de blanco, que pierde toda áurea hostil y adquiere un papel divertido.

- Sabes una cosa- dice jugueteando de nuevo con la pluma.- muchas de nuestras conversaciones culminan con la misma pregunta, exactamente la misma. Es curioso, porque ahora mismo, mientras se produce esta conversación eres feliz soñando que destruyes dragones en parajes medievales. Nunca sueñas con amar, ni con ser amado. Sueñas con todo, pero nunca sobre eso. Quizá sea eso lo que te preocupa, quien sabe. Yo no lo sé. El amor llegará, o puede que no llegué, si no lo has encontrado puede ser que no estés preparado para buscarlo, que no lo estés buscando. Te preocupa ser incapaz de amar. ¿No es así?... porque pregunto, si ya se la respuesta, si tu la sabes, si todos sabemos mucho pero no nos paramos a pensar durante el día, porque no nos conocemos pero creemos conocernos mejor que nadie…Te he puesto el ejemplo de la noria y de tu mujer, por ser el más intenso caso de amor, pero no es el único. Habrías amado en diferentes grados, pues nunca se ama igual, a la rubita compañera de pupitre, desde los cinco años, si tus padres hubiesen decidido llevarte a colegio privado, a la maestra sustituta de matemáticas si la maestra titular hubiese caído enferma dos semanas en enero, y así, infinitos ejemplos, ocasiones que se suceden y pasan delante de nuestras vidas, sin tocarlas, sin alterar su curso. Y lo mismo con las amistades, puedes imaginarte…pero ya hablaremos de esto mañana, cuando te quedes dormido, si es que da tiempo. Por hoy el tiempo ha llegado a su fin.

Efectivamente, las manecillas del reloj se detienen en el mismo momento de ser pronunciadas estas palabras, y el joven, todavía sacudido por las palabras del hombre de blanco, se levanta y con una inclinación de cabeza le da los buenos días a aquel que no es otro que sí mismo, y cruza la puerta.





El despertador llevaba ya un minuto sonando, cuando mi mano a tientas en la oscuridad tropezó con él, y lo apagué, y entonces me invadió la certeza de que ese día no iría a clase. Me daba pereza, así que me dormí de nuevo. Ese es el motivo de mi ausencia a clase ayer día 23 de febrero de 2007.
Firmado: Yo



El profesor alzó la vista, y dobló la nota entre sus manos. Escrutó al joven que tenía delante con mirada inquisitiva unos instantes, como estudiando las posibles formas de actuación y finalmente dijo:

- Sin duda alguna, esta es la justificación por una ausencia a mis clases más absurda que he visto en la vida. Pero la encuentro divertida, y sincera. No se si es que eres idiota o es que le hechas muchos cojones al asunto. Anda, siéntate y piérdete de mi vista…





J_&_A
Julio 2007

martes, 3 de julio de 2007

niño o niña?...Nada de eso, se trata de un futuro cuentacuentos, o al menos a eso aspira...

estas dos últimas entradas son relatos inspirados a raíz de las frases que se ponen semanalmente en cuentacuentos, y aunque todavía no sea participante (tengo que mandar un email o algo así) pues ahí están (de todas formas habría publicado tarde..y es cumplir con las fechas límites es algo que no se hacer bien, pero me amoldaré)
respecto a los relatos he de decir que el de la habitación del deseo me ha llevado casi una semana, y es que no tengo fluidez a la hora de escribir, me cuesta mucho (es el segundo relato que escribo así, por iniciativa propia...vamos, que nunca he sido de escribir por el placer de hacerlo).
Mi aspiración es eso, escribir por el placer de hacerlo, sentir la necesidad de escribir, sentir la necesidad de contar algo, lo que sea...y espero que el invento del cuentacuentos me ayude a ello.
bienvenido todo aquel que se deje caer por este rincón y tenga la paciencia de leerme, !y de hacerme críticas sinceras!
..de antemano dejo claro que no tengo mucha idea de emplear los guiones, así que si alguien se ofrece a corregirme en este último relatillo de la mirada, pues ferpecto.

ale, un saludo a tod@s
(nota: próximamente estaré de viaje así que no creo que publique nada en dos meses)

"la mirada que le devolvió el espejo no era la suya"

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya. Y como siempre que esto ocurría, Eric se quedaba largos ratos, a veces largas noches, contemplando su reflejo, quieto, frente al espejo, con mirada sombría y mandíbula apretada, queriendo ver otra cosa, queriendo verse a sí mismo, o acaso encontrarse. Pero no, esa mirada no era la suya, era de otro, la de un loco al que las gotas de sudor resbalaban por las sienes si el amanecer se encontraba cerca y él continuaba perdida la mirada, sin encontrarse, sin reconocerse.
Entonces se ponía nervioso, y las sienes hundidas en sudor comenzaban a palpitar. Eso sí que veía en el espejo, y también como los brazos se le hinchaban bajo la camisa, y la corbata se le quedaba pequeña, y todo su cuerpo se quedaba en tensión, los músculos surcados de venas, y la mirada que no veía, que no podía ver, inyectada en sangre y fuera de sí, enloquecida. Eric sabía bien que si el amanecer le sorprendía con los primeros rayos de luz y él seguía sin encontrarse, si el espejo no le devolvía lo que él quería ver, una ira enloquecida le haría peligroso, muy peligroso, y entonces tendría que cruzar el umbral de la puerta de su piso entre fuertes espasmos de rabia, con los puños aferrados, blancos de la presión, y la respiración agitada, el corazón palpitando desbocado, a dar rienda suelta a una impotencia y un odio enfermizo. Eric no respondería de sus actos, como no respondió las anteriores veces que esto había ocurrido, aquellos días que por pura casualidad, tras una larga jornada de trabajo, su mirada cansada se posaba en el espejo empotrado en el armario de su cuarto, y la locura se desataba, y su sed se volvía implacable a la mañana siguiente. Ya lo había hecho otras veces y las consecuencias habían sido terribles para los vecinos del barrio, y esta vez no sería diferente, así que cuando el amanecer anunció su llegada y la habitación se fue inundando gradualmente de luz, Eric, lanzó un alarido desgarrador, se estiro con fuerza de los cabellos una media hora, y siguió los mismos pasos que otras mañanas no sin antes armarse con un juego de cuchillos de cocina.
Y así cruzó la puerta, y bajó las escaleras, y cruzó la calle, y entró en un establecimiento, recién abierto, y echando espuma por la boca lo primero que hizo fue bramar encolerizado:
- ¡Quiero cambiarlo!
El dependiente, sereno tras el mostrador, suspiró al verle entrar al tiempo que se limpiaba las salpicaduras de la cara.
- Tu otra vez… Te refieres al empotrado en el armario, por supuesto
- Sí, mierda, sí. ¡Y el juego de cuchillos! No lo quiero. ¡A la mierda todo!- escupió Eric, rabioso, poniendo el maletín que contenía los cuchillos violentamente sobre el mostrador.
- ¿Qué pasa con los cuchillos? Regalo de la casa al mejor cliente de LA CRISTALERIE, no se puede usted quejar…
- No los quiero, ¡no los quiero!- gritó Eric, ya descompuesto y dando pataletas en el suelo. –Sólo quiero otro espejo, otro puto espejo, nada más. Quiero encontrar mi mirada, quiero que el espejo me devuelva mi mirada, sólo quiero eso. Ayúdeme- ahora se arrastraba hacia el mostrador suplicando clemencia con manos temblorosas- por favor, se lo suplico…
- Bueno…, nos pasaremos en media hora. Las medidas y eso.., las de siempre.
- ¿Qué son esos gritos cariño?- una voz proveniente de la trastienda se materializó. – ¿Es él otra vez?
- Sí, es él- y sin disimulo añadió apenas en un susurro imperceptible-…el loco, pero también la mano que nos da de comer…

La habitación del deseo

Cuentan los ancianos que el mundo, entrado el siglo XXI, se sumió en el caos más absoluto a consecuencia de una nueva depresión económica que se extendió hasta los rincones más recónditos de la tierra. El ser humano, antaño arrogante y altivo y ahora sin recursos y asustado, fue presa entonces de las pandemias más devastadoras, y apenas si sobrevivió un cuarto de la población, que comenzó, fiel a su naturaleza perdida, a vivir en comunidades aisladas dónde los trabajos se realizaban artesanalmente, dónde se vivía en armonía con la naturaleza, dónde no se tenía noticia de todo aquello que ocurriese no ya allende los mares, sino al otro lado de las montañas. Décadas y décadas se sucedieron sumiendo los vestigios de las civilizaciones en un inexorable olvido, mientras el ser humano comenzaba a trazar nuevos pasos en su Historia en el seno de las montañas, en los bosques, en las selvas, en los desiertos, ajenos a las ruinas de las grandes ciudades que todavía se erguían a la espera de ser engullidas por la desbordante naturaleza. Comenzó así una etapa desenfrenada pues las generaciones supervivientes de la catástrofe albergaban muchos conocimientos que trasmitieron a las nuevas generaciones y que, si bien al principio carecieron de sentido por tratarse de un saber especializado en ramas de ramas, en un saber de minucias, en un conocimiento arcaico e inútil para la nueva situación rudimentaria de las gentes, contribuyó a una evolución del pensamiento y de las formas de organización social, y con ello, a obviar el abismo existente entre la prehistoria y la sociedad globalizada del siglo XXI de un salto. Y así, sin más, ingenieros, economistas, científicos, especialistas, quienes abogaban todavía por la Ciencia y la Razón se sorprendieron así mismo dictando constituciones, escribiendo derechos, inventando banderas y trazando fronteras en remotas comunidades pérdidas entre los árboles, obsesionados por otro lado en encontrar nuevas formas de progreso técnico, tratando de imitar todos los aparatos de sus antiguas vidas para que sus hijos y los hijos de sus hijos, conociesen el progreso. Entre tanto invento parece ser que todos los humanos incomunicados a lo largo y ancho del globo, sobre todo quienes estaban más empapados de antigua cultura occidental, tuvieron por máximo objetivo, con mayor o menor grado de éxito, el desarrollo de las comunicaciones: el contacto allende las montañas y los mares con otras culturas para satisfacción de los nostálgicos de un mundo globalizado.
Se disparó el mundo del disparate y el ser humano volvió a procrearse y las comunidades crecieron hasta entrar en contacto con otras, fundiéndose entre ellas a veces pacíficamente, y otras, por conquista. Nuevas naciones quedaron configuradas, cada vez más poderosas y extensas bajo la consigna de la homogeneización, y el gobierno se centralizó, y se llego al punto en que sólo hubo unas leyes para todos los habitantes del planeta, quienes comenzaron a poblar de nuevo ciudades y a cursar estudios avanzados y a tener fe en el Estado Único. Cuentan los ancianos, indagando en sus recuerdos, que el fanatismo se elevó hasta cotas absurdas. La ciencia era el auténtico paradigma, la nueva religión oficial que se había de seguir ciegamente. En efecto, los diferentes credos adoptaron coletillas en sus nombres que hacían mención a la Tecnología, al Progreso, al Estado Desarrollado, al Nuevo Sistema, y sólo cuando el mundo sucumbió de nuevo por la arrogancia de los humanos, quienes declararon una guerra absurda y orgullosa a unos seres pacíficos aunque potencialmente peligrosos que se hallaban de tránsito camino de galaxias ajenas, y las plagas se extendieron de nuevo exterminando las poblaciones, y el Sistema se sumió en la decadencia, se derribaron todos los credos, todos los ídolos y la vida en comunidad se rigió de nuevo, esta vez, bajo el estandarte del escepticismo, la prudencia y la reflexión pausada. Los restos de la población volvieron a cobijarse en la naturaleza, dándole un respiro, y se optó en la conciencia colectiva por constituir un nuevo ser humano desde cero, olvidando las creencias heredadas de los viejos. Esta vez la diferencia residía en el hecho de que los seres de otro planeta, en un repentino arrepentimiento por aplastar al extravagante ser humano, y conociendo su afán por las comunicaciones, instalaron en la Tierra antes de seguir su rumbo un complejo sistema de tecnología asombrosa e inverosímil que permitía la telepatía entre todos los seres humanos, por muchas barreras naturales que les separase. Así comenzó una nueva era en la que todo pasado era tabú, y las ciudades sinónimo de vergüenza, y las culturas y tradiciones un peso en la balanza de la culpabilidad, y por lo mismo, desde las selvas, desde los bosques y las montañas, desde los desiertos y las islas perdidas, el ser humano comunicado telepáticamente inició una nueva carrera, desarrollando los inventos más disparatados y menos prácticos que uno pudiere imaginar, desechando todas aquellas novedades similares a cualquier ocurrencia del pasado. Las mismas formas de organización social se alteraron en una búsqueda desesperada para paliar los recuerdos de una civilización destructiva, siendo habitual encontrar asentamientos humanos en las cimas de las montañas, en cavidades profundas bajo tierra, y también en construcciones impensables tendidas en las copas de los árboles como telas de araña, o a la deriva en los océanos como decorados flotantes, o en el hielo de los polos como intrincados laberintos. Se hizo pues, apología de todo lo pintoresco, y las filosofías y tendencias, y en general todo paso que se diese en alguna dirección, sacudía como las fichas de dominó el pensamiento de todas las gentes, quienes, de la noche a la mañana, aprendieron a preocuparse por personas que jamás conocieron ni conocerían por las trabas de la distancia, a congeniar y a forjar duraderas amistades con sombras lejanas, y también a enamorarse y a amar a espejismos que el azar jamás habría puesto en el mismo camino. En pocos años el mundo se lleno de viajeros que iban de aquí para allá ensimismados en sus sueños e ilusiones surcando las tierras y los mares. Humanos que buscaban otros seres humanos, y que dejaron de respirar y luchar por toda convicción, inquietud, ideal o interés que no fuese la compañía de ese otro ser afín y perfecto a sus necesidades. Fue entonces, apuntan los ancianos, cuando el caos promovido por el amor en todas sus formas se encontró con un caos aún mayor, esta vez promovido por el odio, y solo en aquel momento y en aquellas circunstancias los viajes cesaron, los viajeros retornaron, y sus pisadas fueron ocultadas bajo la exuberante naturaleza, y también bajo capas y más capas de olvido. Lo que no pudieron las adversidades del terreno, ni las remotas distancias, ni los bastos océanos, ni las inclemencias del tiempo lo pudo una nueva discrepancia que en cualquier otra época habría sido calificada de pequeñez, pues no escondía ningún interés, ningún beneficio, tampoco despertaba la codicia, ni abría el apetito al egoísmo. El devenir de la historia se trazaba por estos impulsos de la condición humana, y era motivo de las guerras del pasado, y en las nuevas conciencias comunicadas del siglo XXI no había cabida para los mismos. Estalló la guerra, aunque no se le llamó guerra, sino “discrepancia acerca de un asunto importante”, y la telepatía, que se supone salpicaba a todos por igual, fue el motivo y el origen de esta ruptura, pues alteró en unos y no en otros las bases universales del escepticismo y de una visión peculiar -análoga a filosofías de otro siglo- de un nuevo ser humano que jamás daba nada por sentado, que, simplemente, dudaba de todo y no creía en nada, mucho menos en sí mismo. Se trató de una nueva capacidad que al principio muy pocos adquirieron, pero que con el tiempo se extendió a exactamente la mitad de la población, que por entonces no era ni mucho menos numerosa, creando un abismo entre dos polos opuestos: quienes comenzaron a ver, y quienes nunca vieron. En efecto, la telepatía, aún hoy día no se sabe muy bien cómo, otorgó a unos una concepción del mundo diferente y basada en precedentes históricos. En un mar de sueños, en viajes que llevaban toda una vida, una nueva versión de la vida se interpuso, a caballo entre la fantasía y la realidad. La magia reinó en los corazones de unos pocos y sus pensamientos se trasmitieron encontrando cobijo en los corazones de otros muchos, y todos ellos construyeron un mundo de sueños donde todo era posible, donde los bosques cantaban y los polvos mágicos funcionaban, y las brujas, los duendes, las hadas, los príncipes y los dragones campaban por doquier susurrando al humano nuevos secretos, nuevas aventuras y pasadizos secretos, causando el repudio de quienes miraban y no veían nada de esto, y consideraban una forma de evasión de la realidad y de los problemas, y una vuelta a la Historia escrita.
Una vez más lo absurdo se hacia eco de los pasos del ser humano, que comenzó a agruparse en dos bandos, dividiéndose las comunidades, separándose las familias, interrumpiendo las aspiraciones de unos y las fantasías de otros, erigiéndose el odio como nunca lo hizo, pues destrozó las barreras que la amistad, el cariño y el amor había tejido, provocando la resignación y la impotencia de las amistades rotas, de los amores desenamorados, y de los sentimientos traicionados por formas opuestas e incasables de ver un mismo escenario bajo diferentes luces; escépticos y realistas contra idealistas de un mundo mágico y maravilloso, todos ellos antiguos amigos y amantes, y ahora separados por una lucha sin cuartel desencadenada por el amargo sabor del desentendimiento. Quienes una vez se pasaron las noches en vela conversando en el pensamiento, compartiendo vivencias y sonriendo a las estrellas desde diferentes puntos del globo, estallaron en tremendas discusiones, ya que donde los escépticos veían un instinto natural, los mágicos, como así dieron en llamarse, veían amor puro, y donde los unos veían amistades imperecederas, los otros veían una forma de congeniar; y así, los sueños de unos, que estaban empapados de magia, se truncaron y cayeron junto a los sueños de los otros, que sólo veían leyes de la naturaleza en movimiento. Si hubo época de mayor sufrimiento que esta no consta en los archivos, ni está registrado en la memoria de los más viejos, pues, pese a que los combates se desarrollaban sin armas, y los daños nunca fueron físicos, la llamada Gran Guerra Psicológica se convirtió en la guerra de todas las guerras, en el gran tormento, en el padecimiento silencioso, y no hubo que esperar demasiado para que los primeros corazones se marchitasen de soledad y abandono, y los primeros muertos, no pudiendo soportar la paradoja que la vida les planteaba, odiando a quienes secretamente seguían amando, dañando embrutecidamente a las personas que querían, siendo dañadas a su vez por las mismas, debatiéndose en el disparate, odiando al amor y amando al odio, sembrasen la tierra con la locura y con sus cuerpos ya sin vida. Y de no ser por un hecho insólito, añaden los ancianos mostrando sus primeras sonrisas ausentes de dentadura, seguramente habríamos asistido al principio del fin de las andaduras de los humanos en la tierra, ya que los tiempos fluían inmersos y concentrados única y exclusivamente en la guerra, arrastrando por la inercia a todo aquel con capacidad de amar y de sentir, pero dejando al margen a aquellos espíritus solitarios que no podían querer, ni amar, ni sentir, por circunstancias de la vida que habían esculpido sus corazones en roca, como el caso de un hombre que hasta dos veces conoció a la mujer de su vida gracias a un azar generoso y sin necesidad de telepatías, y hasta dos veces formó una familia, y hasta dos veces los reveses de la fortuna, las plagas y las guerras, le arrebataron todo, ahogándole en sufrimiento, rabia y dolor al primer embiste, y hundiéndole definitivamente cuando vio perecer a su segunda mujer y sus dos hijas por el ataque de los extraterrestres. Conocido simplemente como “el inventor” en todas las nuevas lenguas y códigos telepáticos, y siendo casi un anciano bicentenario, nadie pudo indagar en sus pensamientos, porque ya ni pensaba, y si seguía vivo es porque masticaba su infinito dolor y sufrimiento a golpe de martillo e indiferencia sobre sus inventos, que le llevaban noche y día, y que le permitían mantenerse ocupado para que la nostalgia de los recuerdos no le asaltase, para no pensar en nada y perder la conciencia de sí mismo, hasta el punto en que con el paso de los años dejó de albergar resentimiento o padecimiento alguno, y se volvió absolutamente impermeable a todo, incluso al paso del tiempo. Cierto amanecer, “el inventor”, viendo culminado el último de sus inventos, exhaló un débil suspiro cayendo de bruces sobre el interior de lo que parecía ser un enorme cajón de madera con una puerta, una ventana, una chimenea, y un catre en su interior. El invento de los inventos, la creación del siglo que llegaba a su fin, lo que posteriormente daría en llamarse “la habitación del deseo”, fue el producto de unas manos insensibles, de un anciano que perdió la vida sobre su creación desatando un torbellino de emociones escondidas, contenidas, con la fuerza de las tempestades, retorciendo la naturaleza sobre el punto en el que yacía, y cerniendo un torrente de viento y lluvia sobre los bosques circundantes, compartiendo con el entorno la fuerza encerrada en sí mismo que halló, por fin, liberación y respiro con el último aliento. Un alarido se materializó entonces, un alarido que fue escuchado hasta en los extremos más alejados de la Tierra y que causó la desbandada unánime de toda ave y la paralización de la guerra psicológica. Era un grito desgarrador, estremecedor, de dolor, de alivio, de sufrimiento, de paz. Era un grito que acumulaba todos los sentimientos humanos y que desató huracanes y maremotos, e hizo caer la máquina de telepatía que flotaba en el espacio como los antiguos satélites en una espiral envuelta en llamas sobre la habitación del deseo, causando una enorme explosión y una bola de fuego que dejó impreso un gran cráter en cuyo fondo se erguiría intacta, purificada, la estructura impregnada en un áurea de atracción y sensaciones: el gran cajón de madera, la habitación del deseo. Se proclamó una tregua no pactada y una fuerza mayor atrajo a todos los seres humanos, incluso a quienes se creían solos en este mundo, hacia el punto en que se había alzado el aullido, extinguido ahora en susurro permanente de la esencia humana, y así mágicos y escépticos, que todavía formaban dos grupos obstinados y en número par de efectivos, confluyeron en los sucesivos años desde los puntos más variados del mundo hacia un destino que empujaba sus voluntades, o bien bajo áureas de fantasía y aventuras asombrosas o en ámbitos de cruda curiosidad y peligros naturales que salvar, entregados sus pasos a un susurro que hacía vibrar a las mismas raíces de la tierra, sin saber bien el porqué, desconociendo el para qué.

Las sonrisas se convierten en carcajadas de júbilo, y las parejas de ancianitos, cogidas de la mano, se estrechan con más fuerza al recordar aquellos tiempos no menos disparatados que cualquier tiempo precedente, entre miradas traviesas y divertidas, de cariño mutuo y alegría por vivir juntos, evocando por primera vez momentos felices que tuvieron su origen a orillas de un cráter todavía humeante en sus memorias, que ahora evoca recuerdos tan intensos en mis entrevistados, quienes lloran de alegría, o comparten caricias cariñosas, demorándose sus respuestas a mis incesantes preguntas que tienen por objeto no otra cosa que la reconstrucción imparcial de la Nueva Historia Escrita, y que quedan plasmadas en una agendilla sobre la que garabateo a todo correr, sin querer perderme un solo instante de esta magia que poco o nada tiene de fantástico.

Cuentan los que siguen vivos aquí, frente a mí, y no han sido vencidos por el plácido sueño en brazos de sus amores, o sucumbido al ensimismamiento de sus propias vidas conjuntas, descartando también a quienes contemplan absortos horizontes de ensueño, rostro con rostro, apretujados entre sí. En definitiva, cuentan aquellos pocos que me hacen caso, que las reconciliaciones entre mágicos y realistas, -entre ellos mismos-, se produjo en el cráter bautizado como el Cráter de la Reconciliación, pues no hubo abrazo tantas veces evocado en la imaginación que se pudiese reprimir, ni sonrisa a la que pudiese hacer frente un odio ya olvidado y extinto, y así, quienes se querían como amigos compartieron sus experiencias allí mismo, y congeniaron de nuevo, cara a cara, olvidando por completo, o discutiendo alegremente, viejas diferencias, y quienes sintieron algo más en sus corazones se adentraron guiados por una necesidad irreprimible a la habitación del deseo para amarse y entregarse a los susurros y al anhelo todavía apremiante de las caricias y besos de amores que no entendían de edades, de sexos, ni de prejuicios, ni de roles o condicionamientos sociales, de amores que solo amaban incondicionalmente, a su manera, y que veían culminado su amor con un una lluvia de fuegos artificiales que salían disparados por la chimenea y que arrojaban luz sobre un nuevo campamento levantado por quienes continuaban llegando, o esperaban a que llegasen, alrededor del cráter; sobre un nuevo mundo de equilibrio donde la magia seguía hechizando sueños e ilusiones sin perderse en creencias disparatadas o despistes que indagasen más allá de la condición humana, evadiéndose del nuevo camino que quedaba por recorrer, de las cosas mal hechas que quedaban por resolver y que se emprenderían con ilusión una vez congregados todos en el Cráter de la Reconciliación.

…Pero que nadie se piense que asistimos, o que nos acercamos, a la consecución de la utopía humana, al final perfecto. El ser humano si algo fue y será es, fundamentalmente, ser humano, y puedo asegurar que el siguiente episodio estuvo marcado por la confrontación entre quienes encontraron lo que buscaban en aquella habitación, y ahora se encuentran frente a mí, y quienes esperaron muchos amaneceres pero nunca vieron llegar a sus viajeros particulares por los avatares, quisieron creer, de caminos peligrosos, siendo la esperanza perdida en mares de lagrimas y el rencor almacenado, grano a grano, hacia las vidas repletas y satisfechas de los “Con suerte”… Pero todo esto, que bien podría dar para un relato de proporciones gigantescas, es parte de una historia que no es la mía. Forma, en definitiva, parte de otra historia, con otro mensaje.