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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Atardece

Atardece. Te sientas junto a la ventana y te apoyas en el marco para mirar la tarde. Paseas la mirada por la calle. Está vacía, tranquila, silenciosa. Las carrocerías de los autos estacionados reflejan los últimos brillos del sol. Recorre la brisa tu rostro y, allá abajo, mece suavemente los arbolitos de las aceras, las bolsas de plástico, la porquería.

El cielo se tiñe de ocaso lentamente, y unas pocas nubes avanzan lentas, espesas, perezosas, bañadas de costado por el sol en colores de bronce y de algodón rosa, con sombras y abismos en sus pliegues de un azul oceánico y profundo.

Escuchas los sonidos amortiguados de las casas, los pasos remotos en otras calles, el murmullo de un motor que arranca en la lejanía, el ritmo de la salsa sonando en una emisora remota. La brisa es cálida y la ciudad se extiende en el horizonte, allá sobre las laderas, recortada en la lejanía. En el extremo de la calle, dos hombres sentados sobre cajas de plástico, beben cerveza y charlan en mangas de camisa. Llegan, con las rachas del viento cálido, las palabras muertas de su conversación.

Sientes la calma y te quedas mirando. Miras para que no termine el día, para que no muera el momento, para que no se mude y transite la belleza del atardecer.

Y lloras. Te sorprendes llorando.

Lloras porque no comprendes tanta belleza, porque te parece efímera y te parece cruel, y quieres gritar al mundo que detenga este momento, que exprima de tu cuerpo la vida que se te desborda por los costados.

Lloras porque no comprendes que haces aquí, en este absurdo rincón del mundo y del azar, siendo testigo anónimo de la terrible belleza de la vida.

Lloras porque el nudo en la garganta te devuelve al recuerdo de otras emociones, de otras experiencias, y vuelves atrás y te ves ahí, tan solo, tan desamparado, asomado discretamente por la ventana mientras tus lágrimas resbalan y cierras los ojos para atrapar el instante, para grabarlo en ti y encadenarlo a tu memoria viva.

Lloras de impotencia, porque estás sintiendo el secreto de la vida pero no encuentras palabras que den sentido a lo que ves, a lo que escuchas, a todo lo que te embriaga de sensaciones.

Lloras porque te gustaría ser héroe y artista, y retratarlo todo, y hacerlo eterno y eternizarte en ello.

Lloras porque el instante inevitablemente se escapa, y sabes que al final expirará la tarde y caerá la noche, girando con ella de nuevo el minutero del reloj, el calendario de pared, los años de la vida.

Lloras porque no sabes por qué lloras,

Lloras porque no tienes motivos para llorar.

Lloras porque sí tienes motivos para llorar.

Lloras porque te gustaría arrimar a tu lado una silla vacía, y sentir su mano deslizarse junto a la tuya.
Y lloras, definitivamente lloras, porque te gustaría contarle despacito todo lo que has sentido en este instante, y porque imaginas que ella sonríe y escucha
lo que nunca le vas a contar.

sábado, 27 de marzo de 2010

Carta a quien no era

Dolido de soledad, sé que estás ahí. Aunque no te vea, lo sé, porque te veo.

Te imagino, a veces todos los días. Últimamente, sobre todo.
Pero sé que solo necesito enfrascarme en algo nuevo, ocupar mi tiempo, apasionarme y volcarme en algo. Olvidarte. Sin embargo, si estoy muy solo, me gusta imaginarte y sonreír, porque sé que estás ahí.

No sé dónde, ni que haces, ni por qué. No sé quién eres. Solo es que me maravilla el hecho de que existas aquí, o allí, pero en el mismo mundo que yo. Ahora, en estos momentos, no sé qué haces. ¿Duermes?, ¿desayunas?, ¿piensas en mí? ¿Te imaginas también como será?
Pero sería la vida muy aburrida: si yo coincidiese con quien tú te imaginas y tu coincidieses con como yo te imagino. Por eso no te imagino. Tampoco puedo. Sé que estás ahí y me vale.

Es bonita la vida. Quizá un suspiro, un camino, una situación, un destino, una casualidad, una coincidencia.
Una coincidencia y coincidamos.

O quizá no. Quizá pases de largo, quizá estés pasando ahora, o quizá sea yo quien pase. Quizá te mire y te olvide. O tu vayas por allí y yo por aquí, y nunca sepamos.

Lo bonito sobre todo es que es muy posible que nunca nos encontremos.
¿Lo has pensado?

O que ya nos hayamos encontrado.
¿Lo has pensado?

En otra situación, con otra edad, en otro contexto, quien sabe, quizá. Tampoco importa. Mirando al pasado yo no puedo vivir. Soy demasiado egoísta. Olvido enseguida.

En mi horizonte, en mi felicidad, estoy solo y solitario.
No es romántico si te digo que también te temo.
Temo que tiemble la tierra y necesite tu abrazo.

sábado, 2 de enero de 2010

El señor X camina con sus recuerdos.

Un señor muy mayor, llamémosle X, sentado desde su sillón se pasea por sus recuerdos, los rumia, los paladea.
Se columpia de las alegrías a las tristezas, evoca aquellos grandes momentos, que fueron pocos, y aquellos días tristes, que también los hubo. Y, con todo, tiene la impresión de que la vida ha sido breve y poco intensa. Rememora todas aquellas oportunidades perdidas, aquellas decisiones que masticaron su pasado y le arrojaron donde ahora yace, en su buhardilla de hombre viejo y solitario, sin demasiadas ilusiones ni ganas de vivir.
Lo cierto es que solo espera a que el calendario se detenga y una mañana no lo espere a él para el amanecer. Tal pensamiento le ronda de cerca pero, a diferencia de lo que pudiera pensarse, el señor X se siente tranquilo y hasta indiferente, como un espectador aburrido de la película de su propia vida.

Para el señor X vagan los días, se arrastran las horas, se suceden los meses y se diluyen los años entre los sedimentos de su memoria; y asiste a todo un poco confundido, viendo como se consume en su deambular errante por el tiempo que le queda.
Pero están sus recuerdos. Le quedan sus recuerdos. Ahora ejercita desde el sillón su memoria por prescripción médica, para retrasar el olvido. Parece ser que es posible retrasar lo inevitable. Todavía se ducha, se afeita y se viste solo, y come sin mucho apetito lo que le cocina la señora Y, que le visita todos los días -menos los domingos- un par de horas y le hace algo de compañía.

Una mañana, sentado en su sillón al abrigo de la memoria, el señor X se estremece por el contacto de un sentimiento que creía olvidado. Le da vueltas, indeciso, y la memoria le abre la puerta a nuevos recuerdos, nuevas imágenes, nuevas sensaciones que creía ahogadas. Piensa en los pasados cerrados que no se atrevió a vivir y un destello se refleja en sus ojos. El señor X se incorpora decidido, se viste, se enfunda en su abrigo y sale a la mañana del invierno.

En las calles vacías, se agitan los árboles por el viento y se acumula la nieve en las aceras. Se escucha el chasquido de los semáforos cuando parpadean y cambian de color. Camina, camina despacio el señor X. De algún lugar se escucha la melodía de un acordeón que reverbera en los escaparates, se eleva y se esparce a lo largo de la calle desierta.

El semáforo se pone en rojo. El señor X se detiene y espera. No hay coches y tampoco hay personas. Los copos de nieve revolotean y giran en todas direcciones, posándose en su abrigo, en la montura de sus gafas y en sus guantes. Chac, Chac.., Chac, Chac, parpadea el hombrecito rojo y se ilumina el verde. El acordeón calla de nuevo y la ciudad queda suspendida en el silencio. El señor X se acurruca en su abrigo y contempla el blanco de las calles antes de decidirse a cruzar.

Al señor X le estremece de placer que la nieve cruja bajo sus pasos. Lo ha descubierto ahora. De pronto, se siente más ligero y joven, la sangre se le arremolina dentro como en otros tiempos. En la esquina, donde se cruzan las calles y se encuentran los vientos, tiemblan las flores en los tiestos de un puesto ambulante. El señor X se detiene. Las mira. Toma una rosa roja. Una lágrima perpetua resbala por un pétalo fresco y terso. Él sonríe. No con la boca, que hace frío. Sonríe con el alma.

Al final llega a un portal que asoma de la piedra de un solemne edificio. El señor X se detiene para escuchar el viento que tan pronto le envuelve como se altera y lo sacude: sopla, “sopla como late mi corazón” piensa el señor X, y siente un abismo de vértigo en el estómago que se abate contra su pecho y le hace sentir calambres. Se hace vapor una sonrisa que se le desenreda y brota del corazón. Se sorbe los mocos y por fin toma valor y toca el timbre.

La espera se hace larga. Vuelve el silencio del viento, que se desliza sobre la piedra del edificio como una palma abierta acariciándolo todo en su frenético recorrido de amor. El viento, como una caricia. Al señor X le da un vuelco el corazón, evocando otro tiempo, otras manos. Se escucha un ruidito eléctrico. Abre la puerta y sube. Sube unas escaleras tantas veces subidas. Pero de eso hace mucho tiempo.



“No, ya no está” dicen despacio unos labios rojos que se mueven, se abren y se pliegan en un tiempo indefinido, ralentizado, quieto. Él no acabade comprender. Los ojos de la joven contemplan muy abiertos al señor X: un señor muy viejo con una rosa roja en la mano y una sonrisa triste en el alma. Brillan todavía sus ojos detrás de las gafas. Los ojos de ella se posan en ellos y se lo dicen todo: “ya no está”, le dicen.

Ya no está-. De camino a casa, el semáforo en rojo parpadea, el chasquido rasga el viento, la quietud, la paz, el silencio -chac chac-, el hombre conserva la rosa roja que era para ella, se la lleva al pecho, cierra los ojos -chac chac-, el semáforo se apaga, se calla.

Brilla el hombrecito verde y regresa el tiempo. El señor X camina.

Camina con sus recuerdos.

lunes, 28 de diciembre de 2009

La Palabra y el Verbo

Llegan. Ya llegan. Vuelven la Palabra y el Verbo.

Me atropella la inspiración y se crea el mundo de cosas que se llenan de color y se desbordan.

Despierto entonces del devenir de lo creado y creo yo, Dios inmortal que hace y deshace pensando el mundo, inventándolo, dándole el sentido. Mi sentido.

Yo, que dejaba pasear mis pasos distraídos alzo el rostro y me desarmo. Detengo el paso y busco asiento, que me puede la belleza de la vida.

Tengo ante mí un parque y sus árboles. El viento viaja las hojas secas que ruedan silenciosas sobre la hierba o que crujen en la piedra del camino.

Y no hay nada más. Solo éso: lluvia de hojas, soledad y silencio que calla la escoba de un barrendero al raspar el suelo.

“Ras, ras....ras, ras”; Solo él y solo éso: una tragedia hermosa.

Tomo asiento, abatido. Vibra el tiempo quieto, se detienen las hojas al viento, tiembla mi último latido.

Un nudo se enreda en mi garganta y resbalan las lágrimas secas que nunca asomaron.


Si siempre estuvo ahí por qué no lo vi. A dónde me llevaba la prisa. Por qué nunca antes me detuve a contemplarlo. Por qué.


La belleza me abruma, me asola, me envuelve, me arrastra. Sobre nosotros -el barrendero y yo- sobre el parque, el cielo azul y un remolino de nubes.

Cierro los ojos.

Despierto tocado de fiebre, salvaje, vivo. Olvido a dónde iba y ahí empieza todo: llegan, ya llegan, vuelven,

me arrollan espirales confusas, jirones de palabras que me hieren de sentido antes de rizarse deshaciéndose en el viento.

...

De cadenas de eslabones ya escritos están hechos los lenguajes que ahora necesito romper.

La Palabra y el Verbo son ahora míos y a mí se pliegan, se tienden y se ordenan: pero lo bello consiste en que no quieren.

domingo, 14 de junio de 2009

Así te quise, te recuerdo y te olvido


Quiso mi alma detener el tiempo y el tiempo se detuvo con ella entre mis brazos. Me apretaba con fuerza. La sentía respirar y latir, y respiraba yo de su cuello suave.

Se deslizaron, con timidez, mis labios sellados por su piel morena, y apoyé mi cabeza en su hombro desnudo con un beso no declarado.

Cerré los ojos, la estreché más, e inundé todos mis sentidos aspirando su piel.

Y volvió de pronto el transcurrir del tiempo que nos mojó la realidad. Una sonrisa triste y un adiós, y antes de subir al tren, una broma y tu mano removiendo mi pelo.Te perdiste tras la ventana y yo, desorientado, busqué mi asiento -uno cualquiera- en el vagón vacío y me senté para mirarte en el paisaje y en todas las cosas.

Me senté y me quedé perdido. No me atreví a respirar porque sabía que el aire inundaría de tristeza mis pulmones, no me atreví a cerrar los ojos porque sabía que tu sonrisa se asomaría a mis sueños, no quise mover ni un milímetro del cuerpo para que no se volara el velo que arropaba mi alma desnuda.

Dejó de latir mi corazón, por miedo a derramarse en la soledad.
Y me quedé muy quieto, mecido al vaivén del tren, tratando de esquivar las heridas vertidas sobre mi piel desierta.
........

Ahora que ha pasado el tiempo solo queda el recuerdo. El aire girando espeso en la estación silenciosa.

Y me sorprendo buscando entre los rostros el recuerdo de tu mirada.

Así te quise (o te quiero)
así te recuerdo
y te olvido.

domingo, 7 de junio de 2009

Así soy, o así fuí, mientras escribo

Hoy hace veinte años que nací.

Los años vienen, se suman, se suceden y así, sin más, se van. O se quedan atrás, pero no vuelven. Ayer tenía diecinueve años y hoy, que nada ha cambiado o que ha cambiado todo, sé que nunca más volveré a tener esa edad. Ya es parte del recuerdo, es el ayer.

Dicen que a partir de los veinte la vida se convierte en una carrera loca y los años vuelan y se confunden. Dicen. Lo dicen los que entienden, que son los que los han vivido. Eso, la verdad, nos asusta un poco a los que nos queda por vivirlo. Quizá porque ya empezamos a intuir cómo funciona la dinámica de la vida y se nos van acostumbrando -e insensibilizando- los sentidos al paso y al peso del tiempo. Nos hacemos mayores. Y eso no entiende de cifras ni de fechas.

He cumplido veinte. Tengo que repetirlo para creerlo. Y se abate sobre mí un pensamiento triste, algo trágico, que, aunque suene raro, lo hace hermoso y me hace feliz porque me inspira.

El momento, el instante en sí, el acto de soledad y recogimiento que es la inspiración, es triste y es alegre. Uno de esos momentos que te hacen llorar y también reir por desear llorar. Un poco como cuando ves una película dramática y se te encoge algo en la garganta y se te empañan los ojos. Todo es solemnidad y trascendencia. Es vida además de existencia. Y todos los artistas que llevamos dentro sin saberlo se mueren por crear y expresarse mientras dura el hechizo. Quién no lo ha sentido alguna vez....

La inspiración se va cuando la rutina llega. Se apagan un poco los colores de la vida, porque la mirada ve una preocupación y luego otra, aspira a algo y luego a aquello, estudia hoy para trabajar mañana, trabaja ahora para vivir luego, y luego no vive porque ve una preocupación y luego otra...

La vida, que es tragedia y es comedia, que es locura y contradicción, inspiración y poesía, se repliega silenciosa y solo brota para interrumpir la existencia y anunciar que en un instante descubriste el amor y ayer perdiste a un ser querido, que hoy aprendiste algo nuevo y ahora descubriste algo en tí, que el corazón canta o sufre, pero que, en definitiva, late.

En la comodidad de la existencia, te sobresaltas cuando esto llega.

Al final parece que toda la vida se reduce a un breve relato que un viejo se cuenta a sí mismo cuando, tumbado en la cama, en la soledad de la noche, intuye que no vivirá para ver el nuevo amanecer. Abre entonces despacio el libro de la memoria y se muestra su colección de recuerdos, se reconcilia con ellos, se despide de ellos, sonrie, se dice adiós y se va tranquilo.

Ése es el sentimiento trágico que me viene a veces. Porque somos un animal de recuerdos y de conciencia. Aunque solo existe el ahora, el instante. El instante que siempre está y se nos escapa, que siempre fluye y se desborda, desde que nacimos hasta que nos vamos, y luego el recuerdo: la memoria que nos hace.

..............

He cumplido veinte años y quiero que cada año sea una vida dentro de la vida, y que cada día sea una aventura y un monumento para mi memoria. Miro atrás y veo lo que he cambiado, lo que cabe en un solo año de vida. Un amigo, que hace un año todavía no conocía, me regaló un diario, y en él me asomo a veces para verme reflejado: las inquietudes, los sueños, las emociones, los pensamientos, las ideas que vienen y se van, quedan ahí, inmortalizadas en papel. Escribir es detener el tiempo, para incoporarse después a él de nuevo, pero de manera más intensa.

Supongo que nos hacemos mayores así, a oleadas de conciencia: es como mirarse en un espejo después de cuatro años sin hacerlo y ver lo que has cambiado. Así es mirarte en un diario o mirarte en un blog, como así es mirarte a través de la mirada de otra persona. Una persona, una experiencia, una mirada, una sonrisa, una novela, y ya no somos lo que fuimos. Siendo los mismos, todo ha cambiado. La vida es abismo y vértigo. Y para mí la belleza consiste en verlo y sentirlo. Para no perderte nada y aprenderlo todo.

Ahora tengo veinte y veo más que hace un año. Últimamente mi corazón late como si en él se hallasen reunidas un grupo de viejas histéricas para tomar el té. Nunca antes había estado en una inspiración perpetua, o tan larga. Es el corazón, que me trota dentro como sobresaltado. Herido de belleza, me baila, me golpea y me quema, se estremece, se dilata y se encoje, y todo ello sin dolor. Hay una belleza trágica, hay armonía, hay nostalgia, y la piel se desnuda al aire, la risa te viene fácil y el corazón rebelde parece que quiere salir del pecho y vivir él solo. Vivirlo todo y ahora. Que es lo único que importa.

Al fin y al cabo las luces del mundo las ponemos nosotros. Secretamente disfruto de la época de exámenes. Si me llego a encontrar con mi yo de hace un año y le cuento esto, probablemente no me habría entendido. La vida consiste en un renacer constante a partir de lo que somos. Estamos expuestos a ello. Sobre todo, si dejamos entrar a la belleza en la vida. Yo no quiero sustituir un día de examenes por otro de verano, y mucho menos quiero terminar cuanto antes primero de carrera para disfrutar de las vacaciones. Cada cosa en su momento.

Me duele pensar que un día o unos días van a ser simplemente un tránsito o un vacío hacia algo mejor, hacia la vida real. No quiero que llegue nada. Ya llegará. Me gustan los días de sol, pero no cambiaría un día de lluvia por otro soleado, y no podría valorar un día de sol sin uno de lluvia. Los colores que le pongo al mundo le sientan bien. Él lo sabe y lo agradece. Ahora tenemos un pacto, que no es secreto: el mundo rota para mí y yo veo la belleza y se la cuento. Y siempre, pase lo que pase, habrá algo bello por lo que seguir en pié.

Le digo al mundo que me ayude a tener los ojos bien abiertos para no perderme nada, y el mundo me dice que se lo cuente todo, que solo puede mirarse si yo no me apago. Le regalo armonía y él me regala equilibrio y paz

Es bonita así la vida.


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He cumplido veinte años...Y así soy, o así fui, mientras escribo.

(publicado un día después de mi cumpleaños)





jueves, 16 de abril de 2009

retrato de yo, retrato de 10

Días para la memoria

No sé si es el tiempo de primavera ni si os ha pasado, pero hay días que me levanto con una sensibilidad diferente hacia las cosas, y desde el amanecer que me despierta (dejo la persiana subida) me descubro más susceptible a los colores, a los olores; siento el peso del aire y su dirección, rubores en las mejillas, vértigos en el estómago, latidos alborotados en mi corazón; y vivo atento a todo como una esponja, empapándome de lo que me rodea.

No, no estoy enamorado. Es, más bien, como cuando ves una película o escuchas una canción o haces algo que te emociona y la piel se eriza y te estremeces. Pues así, en ése estado de gracia, como un animalito herido de sensibilidad y nostalgia, amanecí dos mañanas de extraña alegría, y me duró la cosa toda la jornada.

Eran mañanas de un sol temprano, robado al verano, que crecía y se desparramaba entre las sombras, todavía frías, de una ciudad vestida de colores dorados y temperaturas agradables. También eran días de universidad, y allí marchaba más vulnerable que otras veces, con la sangre caliente y la alegría fácil, casi asustado por la trascendencia y solemnidad de cada paso, de cada gesto, de la belleza de cada instante; como si de repente toda la vida implosionase en una tormenta de fiebres salvajes y se desbordase en una sola nota de una canción perpetua, alcanzando al corazón desnudo.

No encuentro palabras para describirlo. Supongo que se trata de la embriaguez de la felicidad. No de la felicidad de los amores de los enamorados, sino la felicidad de los solitarios reconciliados en su soledad. La felicidad que te embiste sin tiempo a que te pertreches, y que te derriba muerto de risa para que te levantes con la curiosidad renacida que la monotonía mata, con la emoción rescatada que los días iguales marchitan, y con la ilusión por la vida que la rutina ahoga.

Aquellas dos mañanas fueron para mí como un viaje a lugares lejanos y exóticos, pero sin salir de casa. Si me preguntan diría que es por lo que me gusta viajar, y por lo que parece que nunca hecho raíces, ni con grupos de amistades fijas, ni con hábitos arraigados, ni con parejas estables, ni con lugares favoritos… porque –como alguien me dijo una vez- parece que vivo siempre de paso a otro sitio, en inminente transición a otro lugar, a un nuevo mundo siempre por descubrir.

Y al finalizar las clases, tendido al sol con un libro abierto, soñando en todo y pensando en nada, como un salvaje perdido en una isla de inspiración, me pasó lo que a veces pasa: un golpe de conciencia se abatió sobre mí, y tuve que sacar precipitadamente un papel en blanco para atrapar en tinta la delirante carrera de ideas locas que brotaban descontroladas, peleándose en desbandada y catapultando al viento reflexiones que amenazaban con deshacerse en el aire sin llegar a tocar nunca el papel.


De la escritura


Escribir el día a día, aunque sea muy de vez en cuando, supone una terapia para los sentidos, en tanto que éstos fluyen en cauce de palabras para arrojar hacia el mar abierto –libres- los sentimientos amarrados y -en orden- el caos de ideas solapadas, superpuestas o enfrentadas en la confusión de la conciencia.

Te levantas, desayunas –o no-, y en el nuevo día vives, te asombras, te inquietas, acumulas experiencia, aprendes, respiras, miras, escuchas, y el mundo se pliega a ti y te convierte en eje y sentido de todo lo que rota dentro de tus horizontes. Más allá de ellos solo hay cortinas de humo deslizándose en penumbra, y la vida no hace su representación allí porque no te tiene a ti, espectador, para que la mires, sufras, admires, y…vivas. Tu vida son sombras desparramadas y, proyectadas por tu cuerpo sobre el suelo, te rodean y te cercan o te abrigan. Más acá de su contorno, tu y tu representación del mundo; más allá, nada.

Entonces, condenado a ser protagonista desconocido de tu conciencia, te sientas y decides escribir. Y eso es como empezar a caminar. Te caes y te levantas, y a tientas das los primeros pasos. Durante los primeros pasos, las ideas y los sentimientos se reflejan confusos cuando tu mirada vuelve atrás para mirar lo escrito. Eso no es lo que yo quería escribir, dices. Y hay algo de malestar, a veces la confusión aumenta, o surge la impotencia, porque te descubres incapaz de expresar lo que dentro de ti se enreda y trepa buscando desesperadamente el escape a una tormenta encerrada.

Hay algo que durante el día te emociona: una conversación, una película, un libro, que sé yo, y el corazón toca a tu puerta con latidos insistentes. Te dice que escribas. Te das cuenta, y corres antes de que se te pase, para que las palabras amarren lo que la memoria olvida. Empieza el espectáculo: un abanico de posibilidades se abre ante tu pluma y tu página en blanco: cuando ésta vence a aquella, y en retirada te repliegas, esperando otro día; cuando comienzas con una frase, borras –o tachas-, y vuelves a comenzar, y luego añades, quitas y pones, y al final el resultado está tan alejado de tu idea primigenia que huyes porque no te queda otra que aceptar tu derrota; o cuando, por fin, de las derrotas pasadas resurge tu experiencia, y de la constancia y la insistencia, del empeño de querer decir lo que quieres decir –y no otra cosa- descubres, sorprendido, que un buen día el papel cede al pulso, que las ideas se tienden y avanzan sobre el blanco, encadenadas con cierta armonía, unidos sus eslabones palabra tras palabra, sin interrupciones y con un ritmo nuevo, espontáneo y alegre, que se derrama sobre el papel al compás del alma; porque descubres que ya no son las manos las que escriben. Escribes con el alma.

Son los breves momentos de dominio de la existencia, y el mundo no rota porque espera a que termines. Yo, animal orgulloso, soberano e inmortal. Y luego de vuelta a la vida, con todo lo que eso lleva.


La idea y el olvido

Me ocurre, y muy contadas veces, que la inspiración momentánea, la bombilla que se enciende, me arrastra y me domina por completo y me dice que o aquí y ahora – ¡ya, rápido!-, o que la voy a olvidar por completo. La mayoría de las veces, me guardo la idea y la pospongo para otro día –e, invariablemente, la acabo olvidando-, pero cuando esto no pasa, y una idea se materializa súbitamente como reveladora y urgente, me lanzo desbocado a encontrar un soporte sobre el que fijar mis fiebres de lucidez. El resultado suele consistir en cuatro renglones torcidos, escritos a toda prisa –y muchas veces ininteligibles- desprovistos de toda coherencia: completamente absurdos. Entonces alzo el papel y miro extrañado el sinsentido plasmado de lo que pretendía ser el más sublime de los proyectos, y no puedo hacer menos que reírme y enmarcar la solemne chorrada de lo que, lamentablemente, ya olvidé. Eso me pasó en aquel momento, y me recordó lo que un amigo me dijo en su día. Se había despertado súbitamente, iluminado por un sueño increíblemente original, con una idea perfecta para escribir un guión sobre una pareja de enamorados; y me contó que se sentó a escribir, abrió el Word, tecleó “Él y ella se encuentran”, y fin. Nada más. La página en blanco. La mente en blanco. Con la boca abierta, y con aire estúpido.

¿Te vas?

En realidad lo que hoy quería escribir era lo siguiente: no se si os pasa que, en circunstancias excepcionales, cuando uno viaja o hace algo especialmente novedoso, el tiempo se deforma, se contrae o expande como a sacudidas, moldeado por nuestros instintos de depredador susceptible a lo nuevo, quebrando las unidades del tiempo fabricadas para el animal domesticado en horas de sesenta minutos. El tiempo deja de ser tiempo, y los días duran lo que dura tu avidez de lo excepcional: es la noción del tiempo del viajero, del primer día de universidad, de los enamorados, de las emociones a flor de piel; y también el tiempo de las tragedias, de los reveses y las nostalgias frescas, -hasta que, para bien o para mal, recuperas el señorío de lo cotidiano, el trote seguro de las horas y de los días y de los meses y de los años en un lento paseo distraído y fugaz; fugaz porque en el intervalo que vuelves el rostro para mirar atrás, se abre un vacío en el que ya voló una década, y estás en los treinta cuando ayer vivías en los dieciocho. El tiempo, que nos traiciona.


El tiempo, que nos traiciona

Los días duran más cuando eres niño. Tengo ese recuerdo. A partir de los dieciséis, en mi caso, ha sido como despegar a todo correr para echar a volar con todas sus consecuencias: un bidón de combustible, que dura lo que dura la vida si no hay percances que nos la roben. Y siendo ateo por mirar y no ver –y no por moda-, la tragedia es mayor: porque nadie aterriza. Nunca, nadie. Así que solo queda vivir la tragicomedia en todo su esplendor, antes de caer en retorno a la tierra que nos vio nacer.

Así que te aferras al presente, y no quieres soltarlo. Guardé el papel garabateado de ideas confusas, y entonces pensé otra cosa, y sentí vértigo por el abismo de la vida, por todo lo que quería hacer y el poco tiempo que me quedaba, que se escapaba. Primero de carrera; yo, en Primero. Cuando eres pequeño miras a los mayores como seres enormes y sobrenaturales –aunque sean chiquillos de cuarto de la ESO- y en el fondo piensas que tú nunca llegarás a eso, porque está muy lejos. No puedes hacer el ejercicio de imaginarte en ese futuro siempre a la vuelta de la esquina, lejos como el horizonte, que se desplaza contigo, que recula contigo, pero que siempre impone una distancia inabarcable. ¿Cómo seré yo de mayor? Te deshaces en expectativas, como suspendido en un tiempo de estatuas de piedra donde todos conservan su función: el mundo quieto te tiene reservado el eterno papel de niño…Y qué desilusión, cuando en realidad descubres que los años acabarán atropellándose uno tras otro, y que te haces mayor de edad y tampoco es tan especial, y que empiezas la universidad y que somos los mismos adolescentes de siempre… Un buen día, hablando con una señora muy bajita, me di cuenta de que en realidad yo era gigante y que, según mis cálculos, en esos momentos de mi vida yo me habría convertido ya en uno de aquellos armarios que de pequeño veía, allá arriba, rozando el techo. Y tendría apenas trece años.

....continuará



jueves, 12 de febrero de 2009

El nacimiento del Escritor

Las palabras, que vienen a mi vida; la vida, que se escapa a las palabras; y en el meollo de todo ello, la aspiración de unir los dos elementos: para que las palabras sean reflejos de vida y para que los sentimientos no pierdan su vida al encerrarse en palabras. Para que vivan en las palabras.

Me miro en el reflejo de lo que escribo y así, tan sencillo, a veces ocurre que consigo entenderme, que consigo encontrarme. Pero para encontrarse a uno mismo se hace necesario perderse primero, o saberse perdido. Es entonces cuando echo a caminar desde la incertidumbre de lo que soy: sentimientos que gritan a la razón que calla porque no sabe, porque no entiende, que no puede entenderse sola desde si misma, solitaria en su soledad.

Con destino a la orilla, perdido en la marea de la existencia que arrastra olas de sentimientos y mueve corrientes de emociones, mi cuerpo se debate en una tormenta que late, envuelta en tinta, contra el pecho para imprimir, a cada latido vital, una palabra de vida.

Una palabra que es como un espejo que miro y que me mira a mí, pero que refleja a otro, que también me mira, porque soy yo. Una tercera perspectiva que necesito para completarme desde la mía propia, para definir mi indefinición, incompleta sin experiencia vital, incompleta sin manifestación artística de vida.


Porque de la vida nace todo, y hoy he descubierto que yo nací como escritor durante este año sabático que me tomé de vida. Nací en mi expresión artística, que es la escritura, pero no por la calidad de lo que escribo sino por la necesidad de escribir que crece en mí y que me acecha, cada vez más, a cada instante, cuando leo en las páginas de los libros, cuando leo en las personas, en las experiencias, en los viajes, en las situaciones, cuando leo vida en la vida.

Y digo que nací porque en un principio primero me sentaba, abría una página en blanco, posaba las manos sobre el teclado y volaba las ideas sobre la cabeza para descubrir, no sin frustración, que una vez atrapada la inspiración se abría un abismo entre lo que quería decir y lo que finalmente conseguía decir, como una herida fresca abierta en la tierra.

Esta herida no ha conseguido cicatrizar en el nuevo orden de cosas, ahora que primero siento y luego me siento para lanzarme a la escritura. Y me causa impotencia, también en este momento, mientras escribo esta Necesidad de Escribir a un ritmo de palabra impresa por minuto pasado, y de palabra borrada por impotencia sentida sobre sentimiento que se niega a ser sentido en palabra. Llevo casi dos horas para decir esta cosa tan sencilla que es mi bautismo, y no me avergüenzo de decirlo porque no demuestro, no compito, no quiero ser bueno, solo quiero expresarme y reconciliarme con mi expresión. Quiero entenderme, y eso lleva su tiempo. Lleva toda la vida.

Paulatinamente, con el tiempo y en un pulso constante, a fuerza de escribir, pretendo congeniar ambas orillas del abismo y cicatrizar la herida y conseguir, por fin, decir lo que quiero decir como lo quiero decir.

Además de escritor, quizá eso me permitiría convertirme en un escritor bueno. Pero esta es una meta personal que no se manifiesta en best-seller o en éxito profesional, en reconocimiento social. Para entenderlo, el esfuerzo que hay que hacer en el monopolio de la vida entendida y educada en términos de negocio, méritos y beneficio, es extraordinario.

Porque se hace necesario comprender que en este mundo occidental, persiguiendo metas y aspirando al infinito, son muchos los infelices que olvidaron su felicidad caminando hacia cosas grandes y a menudo inexistentes. En su afán por emular lo pretendido desde fuera, se abandonaron al ruido exterior e ignoraron lo que su esencia les afirmaba traída por un viento nacido desde dentro, de pulsiones que brotan suaves como susurros desde el alma pero que rebotan fuertes entre paredes de existencia antes de volver en vuelo de retorno hacia su destino: la conciencia.

....

(* Esto lo escribí el último día del año 2008, unas tres horas antes de año nuevo. Tuve que interrumpirlo porque llegaba la cena en familia y, desde entonces, ya en 2009, son numerosas las ocasiones en que he tratado de retomarlo y continuarlo, pero sin éxito alguno. De modo que para no traicionar una declaración que me surgió espontánea en un momento de inspiración... con un final forzado en el que no soy el mismo (porque no consigo ser el mismo que fui cuando lo escribí -y esto es una sorpresa que jamás me había pasado-)...prefiero dejarlo como está: inconcluso, pero original; de mi yo del 2008 que ya nunca seré mas que en mi recuerdo). Espera, bueno, que ya nunca seré tampoco..., porque solo a partir de lo que fuimos somos y solo sabiendo lo que somos sabemos a lo que tendemos. O eso creo, aunque lo que acabo de decir puede que se trate de filosofía barata. Pero para eso quiero publicarlo, para mirarme en el futuro desde el extremo al que apunta la tendencia trazada desde el origen que fui. Seguramente, si todo va bien -y si llego a ese futuro- pensaré que con 19 años escribía bastante mal y aspiraba a mucho con pocos concomimientos (como los tontos que todavía no entienden el valor de la Historia, en parte por ellos mismos y, sobre todo, por un sistema educativo que duele más que una patada en la entrepierna), pero, si soy un poco despierto -decía-, lo aquí escrito y guardado luego en impreso, con todas sus faltas y todos sus errores del mundo, me explicará y me dirá: mira, tu eras así; éstas eran tus inquietudes, a ésto aspirabas, éstos eran tus sueños......Aprovecho para contestar una pregunta que algunos me formulan: retrato de 10 no viene de "relatos de 10", ni mucho menos...sino que se trata del resultado de "retrato de YO", cuando el "YO" pasa a ser "IO" y la "I", para no ser tan evidente, la convierto en número, el UNO (del diez).
....Me acabo de dar cuenta de que lo que acabo de contar no tiene ni el más mínimo interés para nadie (salvo para mí). Así que esta entrada la he escrito básicamente para satisfacer mis sentidos y saciar mi vanidad..., pero bueno, lo que decía -y terminando- que lo que aquí se ve, ya sea en forma de relato o cuento o "ensayo", no deja de ser más que un diario, un historial al que mirar volviendo la cabeza cuando los avatares de la existencia amenazan con engullirte en un devenir no deseado por el que te puedes ver arrastrado. Para reafirmarte y recordarte quién eres y qué quieres hacer en la vida. Lo cierto es que los diarios de niños suelen arrancar sonrisas cuando son leidos por esos mismos niños cuando se hacen -o creen hacerse- adultos. Yo nunca tuve uno, salvo "retratode10", "retrato de yo", "mi retrato"....así que ahora comprendo el valor de lo que digo. Recomiendo desde aquí, al que haya llegado hasta aquí, que escriba en uno ya sea en privado o, como yo, prostituyendo por internet historias que a pocos interesan con la inocente intención de que interese a todo el mundo. Al principio, al menos, fue así.....luego ya me dí cuenta que solo escribía para mí, y me quedé más satisfecho. Y termino ya que me estoy alargando mucho, y me canso de ser tan pesado. Y publico, sin revisar, para leerme mañana y ruborizarme por tanta tontería y tanta divagación, pero también para sonreir por las tonterías y divagaciones del ayer mañana, que será el eterno hoy.)


lunes, 24 de noviembre de 2008

Retrato de YO. Tercera parte.

No se me ocurre por dónde empezar. Lo dejé a medias. El relato, digo. El relato en el que cuento mi breve vida y mis breves reflexiones. Para quien no lo haya leído, simplemente comentarle que esta es la tercera parta de este diario público, que todavía no sé por qué escribo, ni cuál es la causa que me impulsó a escribirlo.

Resumidamente, los dos anteriores capítulos trataban sobre cómo me aburría el bachiller y cómo me angustiaba el simple hecho de considerar que iban a transferirme de bachiller a la universidad; por aquel tiempo me veía como deslizándome tumbado y pasivo por una cinta industrial mientras la vida me ponía complementos con brazos metálicos y me pintaba con pistolas en un largo proceso que tenía por objeto dejarme reluciente, y Licenciado. Así que me levanté, apagué la máquina, y de sujeto paciente pasé a ser pintor: pintor de mi propia vida. O esa era mi ficción, mi ilusión.

Si repito la idea es solo porque se me ha ocurrido lo de la cinta del proceso industrial, y me parece que resume bien los dos anteriores capítulos. En realidad, detrás de todas estas palabras se esconde una acción bastante sencilla. Simplemente me fui a Escocia una temporada, e interrumpí un año el proceso que me llevaba al mercado laboral, para concentrar todas mis energías en vivir y descubrir quién era yo en otras circunstancias, en otro contexto. El hecho en sí es una tontería. Me encantaría vivir aventuras (y peligros) al estilo Indiana Jones, pero las aventuras no vienen a mi vida, así que yo las creo y moldeo con total impunidad -y encima me las creo- haciendo del más insignificante hecho, un motivo para seguir soñando sin perder los pies en la tierra. Y lo cierto es que me gustaría enlatar este pequeño arte y exportarlo a gran escala, pero sin ánimo de lucro.

Así que ya veis que mentía. Acabo de llegar a la conclusión mientras escribo estas palabras. Dije que no sé cuál es el motivo que me impulsó a escribir lo que estoy escribiendo, cuando lo cierto es que recuerdo el momento exacto en que sentí la necesidad de gritar lo que en su momento no grité y me guardé dentro, aún a riesgo de quemarme. Lo acabo de recordar.

Ocurrió una tarde de verano mientras conducía. En el asiento del copiloto se encontraba un buen amigo mío. Yo acaba de regresar de un viaje que hice por Italia (siguiendo a un festival de cine itinerante, improvisando dónde dormir, y con un billete de interrail trucado, surcando Sicilia). Antes había participado en un campo de trabajo cerca de Nápoles donde, en fin, tuve mil y un experiencias que no vienen al caso, y que todo el mundo que ha participado en un voluntariado en un campo de trabajo conoce perfectamente. Pues bien, yo me encontraba al volver en un estado “hipersensible”, embriagado de recuerdos, de situaciones, de personas que quedaron atrás en el curso de la vida no sin antes dejarme una huella en el alma. Ese ambiente de nostalgia que pesa en el viajero que retorna casa, quien ve todo extraño, perdido en sus recuerdos, enfrentado en sus sentimientos, alegre y triste por volver, curioso por los olores familiares que antes no olía, por la humedad del ambiente que antes no sentía, por todas las cosas que forman parte de su vida cotidiana, que siempre están ahí, pero que solo ahora descubre, cuando deja de viajar fuera para empezar a viajar en casa, hasta que el tiempo, la cotidianeidad y la rutina vuelven a apaciguar la alerta de sus sentidos y la curiosidad del viajero retornado.

Así me encontraba yo en mi retorno, como un animal herido de nostalgia, latiendo alerta mis sentidos en una tormenta de sentimientos, cuando pasé a buscar con el coche de mi madre a un amigo a quien no veía en todo el verano; verano que yo había estado fuera, y él, dentro. Me preguntó que qué tal por mis viajes, y entonces me di cuenta que no podía responder más allá de un “muy bien”, un “genial”, “una aventura increíble”. Es cierto que por aquel entonces yo era conductor novel –y lo sigo siendo, lo reconozco- y que llevaba más de mes y medio sin coger el coche, y que no podía hilar mis pensamientos a la par que trataba de conducir. Pero no era eso. Lo que yo sentía no se podía expresar con palabras. A todos nos ha pasado más de una vez: el vehículo difusor de ideas y sentimientos –el lenguaje- se queda corto cuando quieres expresar ciertas sensaciones más allá de los sucesos. Supongo que ahí reside el origen de los poetas y de la poesía, de la frustración que se siente cuando uno sabe que no puede ser entendido porque no sabe hacerse entender, o porque simplemente no hay medios para hacerse entender (partiendo de la premisa de que ese uno siente la necesidad de expresarse). Es ahí también cuando entra la complicidad, ausente de símbolos y cargada de miradas y actos, y supongo que es por eso por lo que surge la amistad y el amor. Que le entiendan a uno no por lo que dice, sino por quien es. La poesía sería el Ser, y el lenguaje simplemente un código de lo que dice ese Ser, de manera que la poesía -que es necesidad de expresarse, que son sentimientos cincelados en palabras- es el origen del lenguaje, y no al revés.

Volviendo al coche y a mí amigo, recuerdo que antes de responder y enumerar tantísimos sucesos y experiencias que me habían sucedido, me anticipe y le pedí que me contase antes qué había hecho él en verano. Me respondió que nada, “salir de jaias y luego estar por aquí sin hacer nada”. “¿Pero no has hecho nada, no has ido a algún sitio, no has hecho por lo menos algún cursillo de primeros auxilios o de vigilante de la playa o algo? La respuesta era no.
Comprendí en aquel instante que no podría haber comunicación posible, de nada serviría que le contase cosas del viaje, porque para él todo eso no significaría nada más que anécdotas curiosas, porque él no podría contrastar mi experiencia con vivencias propias y semejantes que hiciesen que más allá del relato de lo sucedido, hubiese complicidad entre lo dicho por mí y lo entendido por él. Yo era un emisor incomprendido que se dirigía –manos al volante- a un público que no hablaba mi mismo idioma. Recuerdo que me enfadé, como un niño, y sentí impotencia y rabia y pena, y comprendí en toda su dimensión –y así se lo dije- que en una semana de vida se puede vivir más que en toda una vida, que no entendía por qué no había hecho nada, teniendo los recursos para hacer algo, lo que fuere.

Sin embargo, no seguí con la reprimenda, no tenía sentido, no había motivos. Lo único que podría hacer era persuadirle para que en el futuro hiciese cualquier viaje, para que cambiase de contexto, de escenario de vida, para despertar del letargo de una vida vivida en la monotonía del compás que se sucede salpicado por la inercia de las mismas notas, de los mismos colores.

Eso era lo que yo pensaba, lo que yo pienso. Esa era mi verdad, y a veces las verdades pesan entre iguales. Mi vocación nunca fue de sacerdote que guía al rebaño, de pastor de la Moral, o de Dios que ilumina a los pobres mortales (cosas enemigas de la subjetividad humana), pero lo que el tiempo me ha revelado es que la sabiduría puede venir de cualquier dirección, y si bien es cierto que el tiempo es experiencia, y que la experiencia contribuye mucho a la sabiduría, en más de una ocasión –y de hecho, muy habitualmente- me he encontrado con señores que, en su rol, enseñan cuando lo que tendrían que hacer es aprender; y para aprender hay que tener la predisposición a aprender, libre de prejuicios y jerarquías, y sobre todo, estar alerta como depredador de la verdad, porque las enseñanzas pueden venir en cualquier momento, pueden venir incluso del enemigo. Para mí la sabiduría no es inteligencia, ni mucho menos, es simplemente saber ser feliz, valorar la vida (y para esto sí hay que ser inteligente). Este es un apunte importante en el mundo de las transvaloraciones, en el Imperio de la Razón, donde el científico de bata blanca siempre será el más inteligente, aunque luego no sepa hacer amigos, comportarse en su primera cita, o freír un huevo. Todo depende de qué entienda cada uno por inteligencia.

En aquel coche –el de mi madre-, con aquel amigo, en ese momento concreto, tratando ese asunto concreto, yo, que había aprendido algo concreto de la vida y de las diferentes personas que conocí en aquel viaje concreto, era el sabio y el resabiado, y sin embargo, no dije todo lo que sentía que tenía que decir y digo ahora, por dos motivos: uno, porque no se me iba a entender en la dimensión que yo quería que se me entendiese, y también porque entre amigos, entre iguales, a veces no se permite la lectura en voz alta de verdades, y este es un motivo que causa sensación de soledad en la pecera de la contemporaneidad, de los jóvenes que se fingen rodeados de multitudes, ya sea en la vida real o en el Tuenti, pero que se saben solos, o igual de acompañados que siempre, en la marea que se debate entre lo personal e intimo de sus pensamientos, de su ser y su esencia, y su presentación de cara al público, donde a uno le etiquetan enseguida y donde uno solo es libre en función de lo que le importe el título de la etiqueta que escriban las personas que no son importantes –que son todas excepto las cercanas, las que traspasan la superficie y te conocen de verdad-. En ese sentido, siempre he sentido simpatía por aquellas personas cuya voluntad de caer bien a todos es virtualmente cero, seguramente porque las veo más libres, más naturales, más sabias –en ése sentido-.

Pero, sobre todo –refiriéndome al segundo motivo- si no seguí expresando mi enfado es porque no podía. Su intervención había agotado todas mis fuerzas y, ante tanto que decir y lo complicado de decirlo, me vi abrumado y no dije nada. Y he aquí el resultado: la síntesis de lo que en su momento no dije, el sentido de éste escrito.

A pesar de todo, considero que tenía que haber dicho más, porque la amistad también es responsabilidad. Sin ella, sin la amistad, solo somos compañeros: compañeros de juergas, compañeros de clase...; es decir, personas con las que haces algo o con las que compartes algo, y nada más.

La amistad también es peligrosa, porque si de mi dependiese, ese amigo habría sido inmediatamente deportado de una patada y con lo justo para vivir, a cualquier lugar del mundo una temporada, a vivir experiencias y a dejar de dudar de sus capacidades por haber estado siempre en el nido; porque la supervivencia es el común denominador de la especie humana, y a veces es bueno despertarla un poco (hablando, en nuestro caso, de los hijos de la clase media occidental; que la mayoría del planeta no tiene tiempo para vivir, por estar concentrados en sobrevivir). ¿Para qué despertarla? Para saber que tú también lo tienes. Para sorprenderte de lo lejos que puedes llegar. Para sentirte vivo.


Y lo dejó ahí que esto empieza a parecer un anuncio.

Josu Ansoleaga.

Explicaré lo del jefe de cocina en el siguiente capítulo….si me acuerdo

sábado, 11 de octubre de 2008

Retrato de YO. SEGUNDA PARTE.

"Soñaba con el trabajo. En mis peores pesadillas, recuerdo que los cocineros entraban repentinamente en mi habitación, interrumpiendo mi sueño con cacerolas, sartenes y platos sucios que depositaban en el escritorio, mientras mi mirada incrédula seguía sus movimientos desde la cama, contemplando la montaña de instrumental de cocina que se iba acumulando en el trasiego de personas que entraban y salían sin mirarme, y a las que yo trataba de explicar, erguido y suplicante, en un hilo de voz, que estaba descansando, que me tocaba descansar, que ya había limpiado mucho ese día. Ahora me divierte recordarlo. Por aquel entonces, sin embargo, recuerdo que me despertaba sobresaltado, sudado y jadeante en medio de la soledad de la noche."

...

Y luego tuve que luchar. Luchar por conseguir el respeto, ya que soy un animal orgulloso. “Que lo limpie el nuevo”, fue una frase bastante recurrente.
La primera vez que lo escuché, al otro lado de la cocina, fue como una patada en la entrepierna o, para ser más finos, como si el blindaje de mi corazón se resquebrajara como una cáscara de huevo, derramando su contenido. Fue salir del sueño, y hundirse en la realidad. Ése mismo compañero me había dicho, aquella misma mañana, en un inglés todavía peor que el mío, que contase con él para todo, que me ayudaría y me enseñaría todos los secretos de la cocina. Cuando me dijo aquello, con aquella gran sonrisa, una ola de gratitud me sacudió el cuerpo.
Cuando alcancé escuchar aquello que no debía escuchar, y conseguí asimilarlo, llegué a perder la fe en toda la humanidad. No volví a sonreír aquel día.

Paradójicamente, con el tiempo, fue una de las personas de las que más aprendí. Constituía, de hecho, el modelo de persona que yo no quería llegar a ser. Pero no era un enemigo. Lo que nos diferenciaba era solo una cosa: yo estaba en aquella cocina porque quería, y él arrastraba consigo la amargura de una vida que detestaba, y que le era impuesta. La sombra de la pobreza le acechaba en su natal Hungría, y sus aspiraciones -un día me contó- que en realidad estaban salpicadas de hermosa fantasía y de una inocente voluntad de hacer el bien (como las de muchas personas, incluido yo), se vieron truncadas por la falta de recursos para la educación, y por una serie de acontecimientos que le llevaron a la vida que ahora llevaba. Tenía veintitrés años, y la vida le había derrotado. Y esa derrota asumida era el foco que proyectaba en los demás, simples sombras de su propia infelicidad, de sus miserias y sus frustraciones. Cuando comprendí todo esto, sentí bastante pena por él, y a veces le dejaba que me engañase con sus sonrisas y sus palabras amables, e incluso me sorprendía a mí mismo sintiendo una cierta simpatía por él cuando lo hacia. Porque me daba igual; una capa impermeable hacía que sus traiciones resbalasen como resbala el agua sobre el cristal.
Además me temía, porque yo le escuchaba, y comprendía.

Mis principios fueron así. Mis peripecias por la cocina, mis errores y mis despistes, estaban seguidos de reproches en las miradas de algunos de mis compañeros, quienes hacían gestos despectivos, casi imperceptibles, o se buscaban con las miradas, para censurarme por lo que hacía y lo que dejaba de hacer. Mi lentitud a la hora de fregar el suelo, o de limpiar cacerolas, suponía un mayor trabajo para ellos. Al poco tiempo, me hice con la dinámica del trabajo, y establecí amistad con algunos cocineros y camareros. Mi confianza en mi mismo crecía.
El entorno, antes hostil, de la cocina empezaba a hacerse familiar, y me movía más seguro. Yo era un muchacho que trataba de sonreír, ser amable, cortés y solícito, pero no tardé en darme cuenta de que así no conseguiría el respeto. Daba igual que hiciese bien o mal las cosas. Ciertos compañeros no aprobaban ninguna de mis acciones, porque era el nuevo. Pude ver que había personas que hacían las cosas peor que yo, pero a las que nadie decía nada, por vieja camaradería u otros motivos.

Es curioso. Ese respeto que buscaba con tanto afán me produce curiosidad. Quizá sea una impronta grabada en los genes, herencia de nuestros antepasados tribales. El macho que se debe hacer respetar en el clan, su orgullo y sus otros trazos primitivos. Eso es lo que somos, cuando escapamos de la fría razón y tenemos el privilegio de vernos desnudos. En mi caso, mi sentido natural y mi sensibilidad hacia las miradas, los gestos, y las actitudes humanas, me hace ser un demandante ávido de respeto; del noble respeto que nace libre, no inspirado por el temor, ni por la jerarquía, ni por las circunstancias.

Los torbellinos de la adolescencia, de cuya crueldad yo no era solo mero espectador, me llevaba a bajar la mirada y a hacer bajar la mirada a otras personas. Ahora -aún siendo todavía un poco adolescente- no podría vivir siendo yo, si alguien tuviese que hacerlo por mi culpa. Es una de las cosas que satisface mi natural egoísmo; pensar en esa vaga noción autocomplaciente de que soy una “buena persona”.

Quizá la racionalización de ésta verdad oculta creció de forma contundente en mí cuando conocí al segundo jefe de cocina. Pocas personas me han impresionado tanto, y a pocas personas he tratado de imitar con tanto afán.
Decir esto a estas alturas equivale a proclamar que uno no tiene personalidad. O eso creen algunos, sobre todo a estas edades tormentosas, donde uno sigue moldeando y perfilando su propia identidad en un afán desesperado por desmarcarse de las masas que hacen de nosotros meras sombras de marionetas reflejadas en la pared, y simples ecos de actos y pensamientos ya actuados y pensados.

Mi experiencia –que es breve a causa de mi edad- me ha aportado un dato revelador: quienes creen ser especiales, son precisamente aquellos iluminados que toman conciencia de su vulgaridad, de su absoluta dependencia de la manada. Luego se engañan y engañan a los demás, porque saben que vivir sus reglas equivale a vivir al margen de lo establecido, y no están dispuestos a perder la aceptación y los privilegios de ser como se debe ser, en favor de ser simple y llanamente quienes quieren ser.

Que no se entienda aquí que hay crítica alguna hacia éste perfil de personas: es algo muy humano. Humano como la crítica fácil, tan extendida, que no consiste más que en intentar recortar libertades en otros con el uso de la palabra, para acabar encerrado uno mismo en los límites de su propia creación, de su propio cerco. Por regla general, quienes más critican, quienes más censuran, son los más susceptibles a sentirse censurados, y por ello no pueden ser libres, y por lo mismo no dejarán nunca que otros sean libres: tratarán de atrapar al espíritu libre y humano, bellamente subjetivo, en una red de palabras tejidas con hilo que pretende ser símbolo de la Objetividad y fuente de la Verdad, espejismos ambos ajenos del todo a los asuntos humanos, ajenos a ellos mismos.

Volviendo al tema, y tratando de no mezclar ideas como estoy haciendo, simplemente decir que yo también me siento especial, porque yo también soy humano, pero no idiota, y sé que ni mis camisetas cortadas, ni mis escritos, ni mis viajes solitarios me hacen especial. También discrepo con aquellos que, sintiéndose muy especiales, tienen el valor de afirmar que las vidas que no son vividas no merecen ser vividas, porque ello tiene el reconocimiento implícito de que su propia vida está siendo vivida de una forma más correcta y real que el acusado de no vivir esa otra vida; y yo me pregunto por qué se echan encima ese papel de justicieros de la vida y sus manifestaciones. Si quieren exportar su forma de vivir la vida porque se conmueven leyendo poesía o viendo amaneceres, o porque se enamoran y viven intensamente la vida, yo siempre estaré abierto a aprender de ellos, de sus actos y de sus palabras, pero no de sus definiciones académicas.




……….continuará
Joder. Estoy espeso y no consigo hilar los temas.
Seguiré con lo del segundo jefe de cocina- el modelo a seguir.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Retrato de YO. PRIMERA PARTE.

Caminaba, y encontré la vida, y me encontré a mi mismo, y entonces supe que yo mismo era mi mayor peligro, y mi única salvación.Selectividad fue aburrida, muy aburrida; Quizá por ese motivo yo no estudié; por eso, y porque me aburría la vida, porque la vida del estudiante me dejaba indiferente, y eso es lo peor que le puede pasar a uno: la fría indiferencia, distraída y ausente del curso de la vida. No sabía si necesitaba la nota para estudiar tal o cual carrera, puesto que tampoco sabía, ni quería saber, qué iba a estudiar. Total, que aprobé, con nota aceptable. Hubo suerte.

No es tan temerario. Las decisiones condicionan la vida, el ritmo y la intensidad de vivirla, pero los límites de la decisión nadan recluidos en márgenes estrechos, estrechados por el contexto que nos toca. Como hijo de la clase media occidental, muy libre y muy libre-pensadora, me encontraba atado, y todavía hoy me encuentro, a un ritmo de vida establecido prudentemente por otros, y así de la ESO al Bachiller, y del Bachiller a la Universidad, y de la Universidad, supongo que por fin a Dios, o al Mercado: el laboral.

Consciente de los márgenes de libertad que me quedaban, de los reales y de los ficticios, y muy sabiamente- no me lo neguéis- decidí, como hacen los locos, y sin temor a ser uno de ellos, autoengañarme, y con éxito. De ahí la sabiduría, claro. Porque soy feliz de ser como soy, porque soy feliz incluso cuando soy infeliz. El éxito tiene su base en dos aspectos fundamentales, que a su vez tienen el origen en una pregunta existencialista, en una conciencia curiosa, bastante pesada, que se aburre de tanto pensar: privilegio del primer mundo, y de las bocas alimentadas sin valorar el alimento, y de los brazos que no trabajan de sol a sol, y de los especimenes como yo que, en líneas generales, nunca se han debatido en la vida por la vida con el espectro de la muerte y la desgracia como sombra ligada al alma -o la supervivencia, como queráis llamarlo: el estadio natural del hombre.

Decía que el origen estaba ahí: Vida resuelta, relajada, satisfecha, y luego mucho tiempo libre: todo ello fuente de una insatisfacción abrumadora para un alma que se sabe sin alma y sin leyes universales, y que pregunta, y que busca-educado en las aspiraciones infinitas- la libertad de espíritu, ese capricho humano, esa conciencia pegada a un mono.

Los dos aspectos que mencionaba antes son, en primer lugar, una vida con salud y sin desgracias condicionantes (el tipo de vida que tanto te da pero al mismo tiempo te quita, porque no te deja vivir su ausencia eventual, porque te prohíbe valorarla; porque, en definitiva, no conoces otra cosa hasta que, desgraciadamente, la conoces, y entonces es demasiado tarde, porque ya no existe, ya no hay tiempo de volver atrás y valorar lo que en su día no fue valorado y se llevó la distancia, o el tiempo, o la muerte) y en segundo lugar, el empleo voluntario de una ficción infinita que hace de la simple vida, tan seria y contundente, un teatro: el teatro de la vida.

Mi espíritu es libre en su celda, que existe y es real, y mi ficción permite alejar esas celdas hasta perderlas en el horizonte. El teatro de la vida trascurre en una isla, en la que estamos solos. El límite está ahí, en el perímetro imperturbable, que nunca es el mismo para el rico que para el pobre, para el cabeza de familia que para el soltero, para el hombre belga o para la mujer kurda, pero que finalmente, antes o después, en la medida de cada individuo a la luz del devenir circunstancial de su propio contexto, su propia cárcel, aparece en la vida; y no solo aparece, sino que amenaza con hundirla, causando el amanecer empapado de la conciencia irritada, que no se entrega al sueño profundo, liberándote, pero tampoco duerme, porque mojado no se puede dormir, y con un ojo abierto te mira, y te devuelve el reflejo de tu vida, grabando en tu alma el secreto de un eco que te sigue y que revela que la misma no es tuya, que la vida no te pertenece en la medida que dejas que suceda al margen de ti, de quién eres, de quién quieres ser, de tu propio ser y de tu propio destino.

Es ahí cuando descubrí que yo quería ser, y que quería vivir- no me valía con existir-, y como tampoco me servía una infelicidad gratuita, existencialista, consecuencia de la toma de conciencia de mí mismo, decidí ser loco. Loco voluntario. Y extendí mi ficción sobre el mundo y sobre mi vida de estudiante de bachiller, tan aburrida, tan regulada, tan "poco-viva", y así es como, de una manera tan absurda, hice de la duda entre el aprobado y el suspenso, del riesgo de no estudiar, de lo arbitrariamente relevante que era todo aquello para mis compañeros, un mero juego y un teatro en el que cada éxito era un motivo de alegría, un azar de la vida espontánea, una superación de mí mismo; eran detalles no sabidos de ante mano que me procuraban, a cada instante, la felicidad que dan las cosas pequeñas de la vida. Hubo suerte y aprobé, y la ficción consiste en que, en el fondo, yo ya sabía que lo haría. Nunca lo puse en duda, pero necesitaba no saberlo.

Por el mismo motivo, por aquellas fechas, en las puertas del verano, tampoco sabía qué iba a estudiar, ni dónde. Me encontraba dudando entre Filosofía, Periodismo, Sociología y un largo etc.A estas alturas, después de lo escrito, se entenderá que en el fondo tampoco quería saberlo, y me tomé un año sabático para alargar la ficción, y reflexionar, de paso, mi destino en el mundo.

Puede que el año más feliz de mi vida: incomprendido por algunos, aparentemente comprendido por otros, pero sólo esencialmente comprendido por mí, que es a quien atañe.El año sabático no me ha cambiado, sin embargo. ¿Por qué habría de hacerlo? Desconfío de los cambios bruscos, repentinos, porque no hay coherencia entre el antes que te lleva al punto de cambio y el después, que te rebota en otra dirección.Fueron mis pasos quienes me llevaron a mi destino con la clara pretensión de buscar a éste; fue una cita concertada, y yo aprendí mucho emprendiendo el camino por aquel lugar.

Viví en Escocia. Trabajé en una cocina de un hotel, como limpiador. Y puedo decir que solo gracias a aquella experiencia, embriagadora de soledad y melancolía, aprendí a querer mis orígenes, a valorar la vida libre del estudiante y el ocio despreocupado del hijo pequeño. Todo aquello fue un gran acontecimiento, un hito en la Historia egocéntrica: la primera vez en la vida que miraba atrás sobre mis pasos, y quería volver. Echaba de menos mi hogar.

Hubo soledad. La hubo en todas sus manifestaciones y maneras. Primero porque vivía literalmente en la cocina, en un cuartito para personal, y porque trabajaba seis días a la semana. El día que me sobraba, lo dedicaba por entero a leer en la cama y a dormir en la cama.

Soñaba con el trabajo. En mis peores pesadillas, recuerdo que los cocineros entraban repentinamente en mi habitación, interrumpiendo mi sueño con cacerolas, sartenes y platos sucios que depositaban en el escritorio, mientras mi mirada incrédula seguía sus movimientos desde la cama, contemplando la montaña de instrumental de cocina que se iba acumulando en el trasiego de personas que entraban y salían sin mirarme, y a las que yo trataba de explicar, erguido y suplicante, en un hilo de voz, que estaba descansando, que me tocaba descansar, que ya había limpiado mucho ese día. Ahora me divierte recordarlo. Por aquel entonces, sin embargo, recuerdo que me despertaba sobresaltado, sudado y jadeante en medio de la soledad de la noche.