domingo, 7 de junio de 2009

Así soy, o así fuí, mientras escribo

Hoy hace veinte años que nací.

Los años vienen, se suman, se suceden y así, sin más, se van. O se quedan atrás, pero no vuelven. Ayer tenía diecinueve años y hoy, que nada ha cambiado o que ha cambiado todo, sé que nunca más volveré a tener esa edad. Ya es parte del recuerdo, es el ayer.

Dicen que a partir de los veinte la vida se convierte en una carrera loca y los años vuelan y se confunden. Dicen. Lo dicen los que entienden, que son los que los han vivido. Eso, la verdad, nos asusta un poco a los que nos queda por vivirlo. Quizá porque ya empezamos a intuir cómo funciona la dinámica de la vida y se nos van acostumbrando -e insensibilizando- los sentidos al paso y al peso del tiempo. Nos hacemos mayores. Y eso no entiende de cifras ni de fechas.

He cumplido veinte. Tengo que repetirlo para creerlo. Y se abate sobre mí un pensamiento triste, algo trágico, que, aunque suene raro, lo hace hermoso y me hace feliz porque me inspira.

El momento, el instante en sí, el acto de soledad y recogimiento que es la inspiración, es triste y es alegre. Uno de esos momentos que te hacen llorar y también reir por desear llorar. Un poco como cuando ves una película dramática y se te encoge algo en la garganta y se te empañan los ojos. Todo es solemnidad y trascendencia. Es vida además de existencia. Y todos los artistas que llevamos dentro sin saberlo se mueren por crear y expresarse mientras dura el hechizo. Quién no lo ha sentido alguna vez....

La inspiración se va cuando la rutina llega. Se apagan un poco los colores de la vida, porque la mirada ve una preocupación y luego otra, aspira a algo y luego a aquello, estudia hoy para trabajar mañana, trabaja ahora para vivir luego, y luego no vive porque ve una preocupación y luego otra...

La vida, que es tragedia y es comedia, que es locura y contradicción, inspiración y poesía, se repliega silenciosa y solo brota para interrumpir la existencia y anunciar que en un instante descubriste el amor y ayer perdiste a un ser querido, que hoy aprendiste algo nuevo y ahora descubriste algo en tí, que el corazón canta o sufre, pero que, en definitiva, late.

En la comodidad de la existencia, te sobresaltas cuando esto llega.

Al final parece que toda la vida se reduce a un breve relato que un viejo se cuenta a sí mismo cuando, tumbado en la cama, en la soledad de la noche, intuye que no vivirá para ver el nuevo amanecer. Abre entonces despacio el libro de la memoria y se muestra su colección de recuerdos, se reconcilia con ellos, se despide de ellos, sonrie, se dice adiós y se va tranquilo.

Ése es el sentimiento trágico que me viene a veces. Porque somos un animal de recuerdos y de conciencia. Aunque solo existe el ahora, el instante. El instante que siempre está y se nos escapa, que siempre fluye y se desborda, desde que nacimos hasta que nos vamos, y luego el recuerdo: la memoria que nos hace.

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He cumplido veinte años y quiero que cada año sea una vida dentro de la vida, y que cada día sea una aventura y un monumento para mi memoria. Miro atrás y veo lo que he cambiado, lo que cabe en un solo año de vida. Un amigo, que hace un año todavía no conocía, me regaló un diario, y en él me asomo a veces para verme reflejado: las inquietudes, los sueños, las emociones, los pensamientos, las ideas que vienen y se van, quedan ahí, inmortalizadas en papel. Escribir es detener el tiempo, para incoporarse después a él de nuevo, pero de manera más intensa.

Supongo que nos hacemos mayores así, a oleadas de conciencia: es como mirarse en un espejo después de cuatro años sin hacerlo y ver lo que has cambiado. Así es mirarte en un diario o mirarte en un blog, como así es mirarte a través de la mirada de otra persona. Una persona, una experiencia, una mirada, una sonrisa, una novela, y ya no somos lo que fuimos. Siendo los mismos, todo ha cambiado. La vida es abismo y vértigo. Y para mí la belleza consiste en verlo y sentirlo. Para no perderte nada y aprenderlo todo.

Ahora tengo veinte y veo más que hace un año. Últimamente mi corazón late como si en él se hallasen reunidas un grupo de viejas histéricas para tomar el té. Nunca antes había estado en una inspiración perpetua, o tan larga. Es el corazón, que me trota dentro como sobresaltado. Herido de belleza, me baila, me golpea y me quema, se estremece, se dilata y se encoje, y todo ello sin dolor. Hay una belleza trágica, hay armonía, hay nostalgia, y la piel se desnuda al aire, la risa te viene fácil y el corazón rebelde parece que quiere salir del pecho y vivir él solo. Vivirlo todo y ahora. Que es lo único que importa.

Al fin y al cabo las luces del mundo las ponemos nosotros. Secretamente disfruto de la época de exámenes. Si me llego a encontrar con mi yo de hace un año y le cuento esto, probablemente no me habría entendido. La vida consiste en un renacer constante a partir de lo que somos. Estamos expuestos a ello. Sobre todo, si dejamos entrar a la belleza en la vida. Yo no quiero sustituir un día de examenes por otro de verano, y mucho menos quiero terminar cuanto antes primero de carrera para disfrutar de las vacaciones. Cada cosa en su momento.

Me duele pensar que un día o unos días van a ser simplemente un tránsito o un vacío hacia algo mejor, hacia la vida real. No quiero que llegue nada. Ya llegará. Me gustan los días de sol, pero no cambiaría un día de lluvia por otro soleado, y no podría valorar un día de sol sin uno de lluvia. Los colores que le pongo al mundo le sientan bien. Él lo sabe y lo agradece. Ahora tenemos un pacto, que no es secreto: el mundo rota para mí y yo veo la belleza y se la cuento. Y siempre, pase lo que pase, habrá algo bello por lo que seguir en pié.

Le digo al mundo que me ayude a tener los ojos bien abiertos para no perderme nada, y el mundo me dice que se lo cuente todo, que solo puede mirarse si yo no me apago. Le regalo armonía y él me regala equilibrio y paz

Es bonita así la vida.


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He cumplido veinte años...Y así soy, o así fui, mientras escribo.

(publicado un día después de mi cumpleaños)





lunes, 27 de abril de 2009

El amanecer de la conciencia

"Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas."

Abatido por una ola, Karl quedó tendido en la orilla entre remolinos de espuma y torbellinos de arena; y así se quedó, tumbado al sol boca arriba mientras el agua recorría su piel y salpicaba su rostro deslizándose en retirada a las fauces del mar.


Y sintió, fugazmente, la leve brisa del aire y el calor del sol sobre su cuerpo vencido en la arena. Y esperó a morir. Repentinamente feliz y reconfortado, dibujó una sonrisa, se le dispararon las emociones y le abandonaron sus energías, y vació el aire de los pulmones aguardando ser desbordado por una nueva ola para contemplar, sumergido y arropado, el cielo azul y los rayos del sol bailando en la superficie del agua ondulada por el viento, antes de cerrar los ojos y respirar el mar.

Ocurrió como esperaba: lo abrazó una ola enorme zarandeándole violentamente, pero apenas sí se dio cuenta, y miró asombrado al agua turbia deshacerse con la espuma hasta volverse claridad, y admiró el brillo del sol danzando sobre las crestas del oleaje roto primero, y luego tranquilo y transparente al cielo, brillante y sereno en un concierto de mil reflejos de paz.

“Que hermoso morir con éste espectáculo de vida”, pensó Karl, y se quedó contemplando la belleza, sintiendo la armonía que le bailaba dentro y le recorría el cuerpo acariciándole hasta las manos y los dedos de los pies. Era reconfortante, era un sentimiento de paz y armonía, era la hermosa tragedia del último instante de vida suspendido en la eternidad del tiempo antes de confundirse los sentidos, perderse la conciencia, cerrar los ojos y apagarse el alma.

Cerró los ojos y sonrió a la vida, y lentamente fue meciéndose en una suave letanía que lo llevaba lejos, muy lejos. “Así que es dulce morir. Ahora lo sé”, pensó, y se sintió pequeño y frágil, y quiso que le abrazasen y se sintió abrazado, y quiso que lo arropasen y se sintió arropado, y quiso llorar de felicidad y lloró.
………

Sintió las lágrimas deslizándose por el rostro. Las sintió húmedas. Cálidas. Se le ocurrió abrir los ojos para verlo, pero todo era demasiado bello. Sin embargo, se le había colado la curiosidad en la belleza, y se preguntó, con inquietud, por qué su rostro sentía o seguía sintiendo. Pero no podía.

Entonces, las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas.

“Vive Karl, vive, quiero ver más sonrisas y nuevos amaneceres. Quiero ver el sol y el cielo a través del mar. Te necesito para amar la vida todo lo que no la amé, para estremecerme con cada instante, para sentir a cada persona y mirarme en cada mirada. Vive que quiero la vida ahora que he visto que la muerte es dulce y que no hay por qué temerla, y haremos de cada día una aventura, algo extraordinario e intenso. Vive, ahora que sabemos que el hoy es el único ahora que hace la memoria del ayer, y ama y deja entrar el amor en tu vida olvidando los caminos seguros sin temor a sufrir y sin miedo al miedo, ahora que sabes que cuando te vas sólo queda el último instante del último aliento columpiado sobre el último recuerdo, que puede ser del ayer o de cuando naciste. Vive para mí y te prometo que cada día será un monumento para la memoria, y así, dentro de mucho, cuando te duermas bajo el mar, te sabrás satisfecho de haber sido un hombre excepcional. Una auténtica leyenda para ti y para quienes se crucen en tu vida. Vive Karl, vive para ser excepcional”

Karl abrió los ojos y regresó a la vida, vomitó agua y le nació una fuerza salvaje para aferrar la arena en sus puños. Entonces comprendió, y abrió la boca para que le saciase la sed una tormenta tropical; porque descubrió que mojaba del cielo un chaparrón vertido desde un remolino de nubes, y miró al mar, que cabalgaba encrespado y violento, pero replegándose, reculando al horizonte; y se sintió seguro, tuvo fuerzas para sonreír, y se durmió bajo un coro melodioso y relajante de lluvia repiqueteando en sus párpados desde el firmamento encapotado. Y aún tuvo fuerzas de sonreír en sueños y se le erizó la piel, porque la vida se le antojaba estremecedoramente hermosa.

fin


Mucho más en www.elcuentacuentos.com


Frase original de El Señor de las Historias. "Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas."


jueves, 16 de abril de 2009

retrato de yo, retrato de 10

Días para la memoria

No sé si es el tiempo de primavera ni si os ha pasado, pero hay días que me levanto con una sensibilidad diferente hacia las cosas, y desde el amanecer que me despierta (dejo la persiana subida) me descubro más susceptible a los colores, a los olores; siento el peso del aire y su dirección, rubores en las mejillas, vértigos en el estómago, latidos alborotados en mi corazón; y vivo atento a todo como una esponja, empapándome de lo que me rodea.

No, no estoy enamorado. Es, más bien, como cuando ves una película o escuchas una canción o haces algo que te emociona y la piel se eriza y te estremeces. Pues así, en ése estado de gracia, como un animalito herido de sensibilidad y nostalgia, amanecí dos mañanas de extraña alegría, y me duró la cosa toda la jornada.

Eran mañanas de un sol temprano, robado al verano, que crecía y se desparramaba entre las sombras, todavía frías, de una ciudad vestida de colores dorados y temperaturas agradables. También eran días de universidad, y allí marchaba más vulnerable que otras veces, con la sangre caliente y la alegría fácil, casi asustado por la trascendencia y solemnidad de cada paso, de cada gesto, de la belleza de cada instante; como si de repente toda la vida implosionase en una tormenta de fiebres salvajes y se desbordase en una sola nota de una canción perpetua, alcanzando al corazón desnudo.

No encuentro palabras para describirlo. Supongo que se trata de la embriaguez de la felicidad. No de la felicidad de los amores de los enamorados, sino la felicidad de los solitarios reconciliados en su soledad. La felicidad que te embiste sin tiempo a que te pertreches, y que te derriba muerto de risa para que te levantes con la curiosidad renacida que la monotonía mata, con la emoción rescatada que los días iguales marchitan, y con la ilusión por la vida que la rutina ahoga.

Aquellas dos mañanas fueron para mí como un viaje a lugares lejanos y exóticos, pero sin salir de casa. Si me preguntan diría que es por lo que me gusta viajar, y por lo que parece que nunca hecho raíces, ni con grupos de amistades fijas, ni con hábitos arraigados, ni con parejas estables, ni con lugares favoritos… porque –como alguien me dijo una vez- parece que vivo siempre de paso a otro sitio, en inminente transición a otro lugar, a un nuevo mundo siempre por descubrir.

Y al finalizar las clases, tendido al sol con un libro abierto, soñando en todo y pensando en nada, como un salvaje perdido en una isla de inspiración, me pasó lo que a veces pasa: un golpe de conciencia se abatió sobre mí, y tuve que sacar precipitadamente un papel en blanco para atrapar en tinta la delirante carrera de ideas locas que brotaban descontroladas, peleándose en desbandada y catapultando al viento reflexiones que amenazaban con deshacerse en el aire sin llegar a tocar nunca el papel.


De la escritura


Escribir el día a día, aunque sea muy de vez en cuando, supone una terapia para los sentidos, en tanto que éstos fluyen en cauce de palabras para arrojar hacia el mar abierto –libres- los sentimientos amarrados y -en orden- el caos de ideas solapadas, superpuestas o enfrentadas en la confusión de la conciencia.

Te levantas, desayunas –o no-, y en el nuevo día vives, te asombras, te inquietas, acumulas experiencia, aprendes, respiras, miras, escuchas, y el mundo se pliega a ti y te convierte en eje y sentido de todo lo que rota dentro de tus horizontes. Más allá de ellos solo hay cortinas de humo deslizándose en penumbra, y la vida no hace su representación allí porque no te tiene a ti, espectador, para que la mires, sufras, admires, y…vivas. Tu vida son sombras desparramadas y, proyectadas por tu cuerpo sobre el suelo, te rodean y te cercan o te abrigan. Más acá de su contorno, tu y tu representación del mundo; más allá, nada.

Entonces, condenado a ser protagonista desconocido de tu conciencia, te sientas y decides escribir. Y eso es como empezar a caminar. Te caes y te levantas, y a tientas das los primeros pasos. Durante los primeros pasos, las ideas y los sentimientos se reflejan confusos cuando tu mirada vuelve atrás para mirar lo escrito. Eso no es lo que yo quería escribir, dices. Y hay algo de malestar, a veces la confusión aumenta, o surge la impotencia, porque te descubres incapaz de expresar lo que dentro de ti se enreda y trepa buscando desesperadamente el escape a una tormenta encerrada.

Hay algo que durante el día te emociona: una conversación, una película, un libro, que sé yo, y el corazón toca a tu puerta con latidos insistentes. Te dice que escribas. Te das cuenta, y corres antes de que se te pase, para que las palabras amarren lo que la memoria olvida. Empieza el espectáculo: un abanico de posibilidades se abre ante tu pluma y tu página en blanco: cuando ésta vence a aquella, y en retirada te repliegas, esperando otro día; cuando comienzas con una frase, borras –o tachas-, y vuelves a comenzar, y luego añades, quitas y pones, y al final el resultado está tan alejado de tu idea primigenia que huyes porque no te queda otra que aceptar tu derrota; o cuando, por fin, de las derrotas pasadas resurge tu experiencia, y de la constancia y la insistencia, del empeño de querer decir lo que quieres decir –y no otra cosa- descubres, sorprendido, que un buen día el papel cede al pulso, que las ideas se tienden y avanzan sobre el blanco, encadenadas con cierta armonía, unidos sus eslabones palabra tras palabra, sin interrupciones y con un ritmo nuevo, espontáneo y alegre, que se derrama sobre el papel al compás del alma; porque descubres que ya no son las manos las que escriben. Escribes con el alma.

Son los breves momentos de dominio de la existencia, y el mundo no rota porque espera a que termines. Yo, animal orgulloso, soberano e inmortal. Y luego de vuelta a la vida, con todo lo que eso lleva.


La idea y el olvido

Me ocurre, y muy contadas veces, que la inspiración momentánea, la bombilla que se enciende, me arrastra y me domina por completo y me dice que o aquí y ahora – ¡ya, rápido!-, o que la voy a olvidar por completo. La mayoría de las veces, me guardo la idea y la pospongo para otro día –e, invariablemente, la acabo olvidando-, pero cuando esto no pasa, y una idea se materializa súbitamente como reveladora y urgente, me lanzo desbocado a encontrar un soporte sobre el que fijar mis fiebres de lucidez. El resultado suele consistir en cuatro renglones torcidos, escritos a toda prisa –y muchas veces ininteligibles- desprovistos de toda coherencia: completamente absurdos. Entonces alzo el papel y miro extrañado el sinsentido plasmado de lo que pretendía ser el más sublime de los proyectos, y no puedo hacer menos que reírme y enmarcar la solemne chorrada de lo que, lamentablemente, ya olvidé. Eso me pasó en aquel momento, y me recordó lo que un amigo me dijo en su día. Se había despertado súbitamente, iluminado por un sueño increíblemente original, con una idea perfecta para escribir un guión sobre una pareja de enamorados; y me contó que se sentó a escribir, abrió el Word, tecleó “Él y ella se encuentran”, y fin. Nada más. La página en blanco. La mente en blanco. Con la boca abierta, y con aire estúpido.

¿Te vas?

En realidad lo que hoy quería escribir era lo siguiente: no se si os pasa que, en circunstancias excepcionales, cuando uno viaja o hace algo especialmente novedoso, el tiempo se deforma, se contrae o expande como a sacudidas, moldeado por nuestros instintos de depredador susceptible a lo nuevo, quebrando las unidades del tiempo fabricadas para el animal domesticado en horas de sesenta minutos. El tiempo deja de ser tiempo, y los días duran lo que dura tu avidez de lo excepcional: es la noción del tiempo del viajero, del primer día de universidad, de los enamorados, de las emociones a flor de piel; y también el tiempo de las tragedias, de los reveses y las nostalgias frescas, -hasta que, para bien o para mal, recuperas el señorío de lo cotidiano, el trote seguro de las horas y de los días y de los meses y de los años en un lento paseo distraído y fugaz; fugaz porque en el intervalo que vuelves el rostro para mirar atrás, se abre un vacío en el que ya voló una década, y estás en los treinta cuando ayer vivías en los dieciocho. El tiempo, que nos traiciona.


El tiempo, que nos traiciona

Los días duran más cuando eres niño. Tengo ese recuerdo. A partir de los dieciséis, en mi caso, ha sido como despegar a todo correr para echar a volar con todas sus consecuencias: un bidón de combustible, que dura lo que dura la vida si no hay percances que nos la roben. Y siendo ateo por mirar y no ver –y no por moda-, la tragedia es mayor: porque nadie aterriza. Nunca, nadie. Así que solo queda vivir la tragicomedia en todo su esplendor, antes de caer en retorno a la tierra que nos vio nacer.

Así que te aferras al presente, y no quieres soltarlo. Guardé el papel garabateado de ideas confusas, y entonces pensé otra cosa, y sentí vértigo por el abismo de la vida, por todo lo que quería hacer y el poco tiempo que me quedaba, que se escapaba. Primero de carrera; yo, en Primero. Cuando eres pequeño miras a los mayores como seres enormes y sobrenaturales –aunque sean chiquillos de cuarto de la ESO- y en el fondo piensas que tú nunca llegarás a eso, porque está muy lejos. No puedes hacer el ejercicio de imaginarte en ese futuro siempre a la vuelta de la esquina, lejos como el horizonte, que se desplaza contigo, que recula contigo, pero que siempre impone una distancia inabarcable. ¿Cómo seré yo de mayor? Te deshaces en expectativas, como suspendido en un tiempo de estatuas de piedra donde todos conservan su función: el mundo quieto te tiene reservado el eterno papel de niño…Y qué desilusión, cuando en realidad descubres que los años acabarán atropellándose uno tras otro, y que te haces mayor de edad y tampoco es tan especial, y que empiezas la universidad y que somos los mismos adolescentes de siempre… Un buen día, hablando con una señora muy bajita, me di cuenta de que en realidad yo era gigante y que, según mis cálculos, en esos momentos de mi vida yo me habría convertido ya en uno de aquellos armarios que de pequeño veía, allá arriba, rozando el techo. Y tendría apenas trece años.

....continuará



jueves, 12 de febrero de 2009

El nacimiento del Escritor

Las palabras, que vienen a mi vida; la vida, que se escapa a las palabras; y en el meollo de todo ello, la aspiración de unir los dos elementos: para que las palabras sean reflejos de vida y para que los sentimientos no pierdan su vida al encerrarse en palabras. Para que vivan en las palabras.

Me miro en el reflejo de lo que escribo y así, tan sencillo, a veces ocurre que consigo entenderme, que consigo encontrarme. Pero para encontrarse a uno mismo se hace necesario perderse primero, o saberse perdido. Es entonces cuando echo a caminar desde la incertidumbre de lo que soy: sentimientos que gritan a la razón que calla porque no sabe, porque no entiende, que no puede entenderse sola desde si misma, solitaria en su soledad.

Con destino a la orilla, perdido en la marea de la existencia que arrastra olas de sentimientos y mueve corrientes de emociones, mi cuerpo se debate en una tormenta que late, envuelta en tinta, contra el pecho para imprimir, a cada latido vital, una palabra de vida.

Una palabra que es como un espejo que miro y que me mira a mí, pero que refleja a otro, que también me mira, porque soy yo. Una tercera perspectiva que necesito para completarme desde la mía propia, para definir mi indefinición, incompleta sin experiencia vital, incompleta sin manifestación artística de vida.


Porque de la vida nace todo, y hoy he descubierto que yo nací como escritor durante este año sabático que me tomé de vida. Nací en mi expresión artística, que es la escritura, pero no por la calidad de lo que escribo sino por la necesidad de escribir que crece en mí y que me acecha, cada vez más, a cada instante, cuando leo en las páginas de los libros, cuando leo en las personas, en las experiencias, en los viajes, en las situaciones, cuando leo vida en la vida.

Y digo que nací porque en un principio primero me sentaba, abría una página en blanco, posaba las manos sobre el teclado y volaba las ideas sobre la cabeza para descubrir, no sin frustración, que una vez atrapada la inspiración se abría un abismo entre lo que quería decir y lo que finalmente conseguía decir, como una herida fresca abierta en la tierra.

Esta herida no ha conseguido cicatrizar en el nuevo orden de cosas, ahora que primero siento y luego me siento para lanzarme a la escritura. Y me causa impotencia, también en este momento, mientras escribo esta Necesidad de Escribir a un ritmo de palabra impresa por minuto pasado, y de palabra borrada por impotencia sentida sobre sentimiento que se niega a ser sentido en palabra. Llevo casi dos horas para decir esta cosa tan sencilla que es mi bautismo, y no me avergüenzo de decirlo porque no demuestro, no compito, no quiero ser bueno, solo quiero expresarme y reconciliarme con mi expresión. Quiero entenderme, y eso lleva su tiempo. Lleva toda la vida.

Paulatinamente, con el tiempo y en un pulso constante, a fuerza de escribir, pretendo congeniar ambas orillas del abismo y cicatrizar la herida y conseguir, por fin, decir lo que quiero decir como lo quiero decir.

Además de escritor, quizá eso me permitiría convertirme en un escritor bueno. Pero esta es una meta personal que no se manifiesta en best-seller o en éxito profesional, en reconocimiento social. Para entenderlo, el esfuerzo que hay que hacer en el monopolio de la vida entendida y educada en términos de negocio, méritos y beneficio, es extraordinario.

Porque se hace necesario comprender que en este mundo occidental, persiguiendo metas y aspirando al infinito, son muchos los infelices que olvidaron su felicidad caminando hacia cosas grandes y a menudo inexistentes. En su afán por emular lo pretendido desde fuera, se abandonaron al ruido exterior e ignoraron lo que su esencia les afirmaba traída por un viento nacido desde dentro, de pulsiones que brotan suaves como susurros desde el alma pero que rebotan fuertes entre paredes de existencia antes de volver en vuelo de retorno hacia su destino: la conciencia.

....

(* Esto lo escribí el último día del año 2008, unas tres horas antes de año nuevo. Tuve que interrumpirlo porque llegaba la cena en familia y, desde entonces, ya en 2009, son numerosas las ocasiones en que he tratado de retomarlo y continuarlo, pero sin éxito alguno. De modo que para no traicionar una declaración que me surgió espontánea en un momento de inspiración... con un final forzado en el que no soy el mismo (porque no consigo ser el mismo que fui cuando lo escribí -y esto es una sorpresa que jamás me había pasado-)...prefiero dejarlo como está: inconcluso, pero original; de mi yo del 2008 que ya nunca seré mas que en mi recuerdo). Espera, bueno, que ya nunca seré tampoco..., porque solo a partir de lo que fuimos somos y solo sabiendo lo que somos sabemos a lo que tendemos. O eso creo, aunque lo que acabo de decir puede que se trate de filosofía barata. Pero para eso quiero publicarlo, para mirarme en el futuro desde el extremo al que apunta la tendencia trazada desde el origen que fui. Seguramente, si todo va bien -y si llego a ese futuro- pensaré que con 19 años escribía bastante mal y aspiraba a mucho con pocos concomimientos (como los tontos que todavía no entienden el valor de la Historia, en parte por ellos mismos y, sobre todo, por un sistema educativo que duele más que una patada en la entrepierna), pero, si soy un poco despierto -decía-, lo aquí escrito y guardado luego en impreso, con todas sus faltas y todos sus errores del mundo, me explicará y me dirá: mira, tu eras así; éstas eran tus inquietudes, a ésto aspirabas, éstos eran tus sueños......Aprovecho para contestar una pregunta que algunos me formulan: retrato de 10 no viene de "relatos de 10", ni mucho menos...sino que se trata del resultado de "retrato de YO", cuando el "YO" pasa a ser "IO" y la "I", para no ser tan evidente, la convierto en número, el UNO (del diez).
....Me acabo de dar cuenta de que lo que acabo de contar no tiene ni el más mínimo interés para nadie (salvo para mí). Así que esta entrada la he escrito básicamente para satisfacer mis sentidos y saciar mi vanidad..., pero bueno, lo que decía -y terminando- que lo que aquí se ve, ya sea en forma de relato o cuento o "ensayo", no deja de ser más que un diario, un historial al que mirar volviendo la cabeza cuando los avatares de la existencia amenazan con engullirte en un devenir no deseado por el que te puedes ver arrastrado. Para reafirmarte y recordarte quién eres y qué quieres hacer en la vida. Lo cierto es que los diarios de niños suelen arrancar sonrisas cuando son leidos por esos mismos niños cuando se hacen -o creen hacerse- adultos. Yo nunca tuve uno, salvo "retratode10", "retrato de yo", "mi retrato"....así que ahora comprendo el valor de lo que digo. Recomiendo desde aquí, al que haya llegado hasta aquí, que escriba en uno ya sea en privado o, como yo, prostituyendo por internet historias que a pocos interesan con la inocente intención de que interese a todo el mundo. Al principio, al menos, fue así.....luego ya me dí cuenta que solo escribía para mí, y me quedé más satisfecho. Y termino ya que me estoy alargando mucho, y me canso de ser tan pesado. Y publico, sin revisar, para leerme mañana y ruborizarme por tanta tontería y tanta divagación, pero también para sonreir por las tonterías y divagaciones del ayer mañana, que será el eterno hoy.)


miércoles, 17 de diciembre de 2008

MUNDO DE IMÁGENES

Siglo XXI y, a pesar de todo, aquí estamos. Los humanos de la técnica y del progreso, los humanos orgullosos que se saben humanos y que ahora miran, preocupados, el futuro que antes se construía con las máquinas y que ahora las maquinas construyen con nosotros. Al margen de la crisis económica de la que tanto se habla, que se siente en la cartera de las sociedades opulentas -que somos nosotros- y que pagan con la vida y luego con el olvido los pueblos empobrecidos de éste mundo -que son todos los demás-, se podría decir que el sentimiento de optimismo impera en la dinámica humana; dinámica salpicada de revoluciones multimedia y revoluciones tecnológicas, de descubrimientos científicos y de todo lo demás, en una trepidante carrera hacia el abismo. Pero la crisis económica y la paulatina destrucción del planeta son solo pequeños obstáculos que los humanos sofisticados corregiremos con nuevo ingenio y con nuevos inventos estimulados por la iniciativa privada y el libre mercado de competidores que -la historia ya nos la sabemos- solo entienden de fines (económicos) que justifican los medios (la propia vida). Se esfuerzan en hacernos creer esto. Y encima tienen bastante éxito.


Miro a mí alrededor y veo ideología, porque esta creencia, sea falsa o verdadera, es ideología que los medios de comunicación difunden desde el poder. Pregunto a amigos, pregunto por la calle sobre política y las respuestas se suceden en torno a un “no me interesa la política”, “son todos unos mentirosos”, “yo solo quiero ser feliz en un caserío en el monte, y que me dejen en paz”. En fin, que mienten ya lo sabemos, y que los justos rara vez llegan al poder también, pero lo que no sabemos y debemos saber es que estas posturas ante la vida no obedecen a un descubrimiento espontáneo, a una reflexión profunda sobre la política, a la bombilla que se enciende por uno mismo, sino que la ausencia de ideología se debe a la ideología, la conciencia apolítica se debe a la política, y el conformismo y la ignorancia son el resultado de una ideología explícitamente ausente de ideología. No somos libres para decidir ser conformistas. Los ignorantes sin inquietudes políticas y de cualquier otro tipo no son sujetos concebidos originalmente por ellos mismos que han optado por esa forma de vida, sino el resultado de una formulación concebida y resuelta, de antemano, por otros. Esos otros que están arriba son los que inundan la cultura y hasta el último baluarte de libertad humana: la educación. Crean conciencias sin conciencia e inundan la vida -que ahora es el mercado- de sujetos repetidos y repetidores de saberes. En este contexto son pocos los originales.


La política descubrió al Cuarto Poder, los medios de comunicación, y el Poder descubrió a ambos. Esto ocurrió en Europa; primero con los viejos europeos y luego con los nuevos, que inventaron países como los EEUU sobre tierras que no eran suyas. En un principio, fue la prensa escrita. Luego vino la radio. Y finalmente la televisión y ahora Internet. Pero lo que no sabemos –y deberíamos saber- es que esta evolución de los medios de comunicación ha corrido desde la poca variedad de medios, propiedad de la diversidad de opiniones, hacia la abrumadora diversidad de medios, propiedad de una opinión. Con el triunfo del modelo económico occidental sobre un mundo colonizado por occidente con las armas y luego con la cultura, la tendencia histórica del capitalismo ha sido la de concentrarse y perpetuarse en torno a unas pocas manos. Lo que no se sabe hoy en día porque, desde la ideología, nadie se preocupa de que se sepa, es que vivimos en el mundo globalizado donde imperan las grandes corporaciones, las multinacionales, que son más poderosas que muchos Estados. No hay diversidad de opinión porque no hay diversidad de propietarios. Las grandes corporaciones controlan los medios de comunicación. Y eso significa que controlan la llave de la información. Y esa llave para la información es la llave para la libertad humana. Para que, por lo menos, seamos libres de decidir nuestro conformismo.


Pero el que es conformista por voluntad y no por obligación (ideológica), es decir, el que es verdaderamente libre para decidirse conformista, es también criminal en la medida en que se sabe cómplice de las consecuencias que su comportamiento provoca. No fueron iguales los ojos que miraron y no vieron que los ojos que miraron y fingieron no ver. No somos nada cuando somos conciencias dormidas y sólo somos conciencias atormentadas cuando ocultamos la mirada tras la mano para negar la luz que sabemos que es luz y que quema. Y si hay futuro para la humanidad, será terrible el juicio que de nuestros contemporáneos se haga porque en la era de la Información la pobreza, el hambre o las guerras son porque se permiten, no porque sean. Y esto es importante: George Bush, que es la Marca visible del iceberg invisible del poder que salpica la dinámica del mundo –que ya no es mundo porque lo convirtieron en Producto- no ES, sino que se Permite. Bush es el resultado de la creación de las conciencias dormidas o fingidas. La ignorancia es la materia prima y el conformismo es el producto intermedio de este proceso productivo que tiene como finalidad construir a partir de una imagen de marca –Bush- toda una realidad tangible, que es la realidad del mundo; y así el mundo se reduce a un bien que puede comprarse y que se compra. Y que, a este ritmo de desarrollo y progreso, con este modelo de consumo, corre el peligro de caducar enseguida.


La Ilustración vino escrita, y la energía de las ideas y los conceptos se trasformaron en brazos alzados, en revoluciones. Y lo que se originó en Europa terminó por llegar al mundo, porque Europa, siempre quiso ser mundo y siempre se creyó mundo. EEUU, que no tuvo Ilustración, va más allá y se cree universo. Después de todo, Dios sigue bendiciendo a América y le sigue ayudando en su combate contra el Mal, contra los integristas. El problema de que la primera potencia mundial enmascare sus actos puramente pragmáticos (Irak y Afganistán no son Irak y Afganistán, son petróleo, y el petróleo no es petróleo, es poder para quien lo posee) bajo una moral divina del Bien y del Mal que justifica sus actuaciones en la faz de la Tierra resulta abrumadoramente terrible. La diferencia entre las dos potencias, la europea y la neo-europea, reside en que la primera era una cultura escrita, donde imperaba la fría razón, y que fue degenerando al cruzar el atlántico hacia una razón cada vez más instrumental, que sintetizaba la vida en mercancía y mercados, y que ahora basa su poder en la imagen. Imagen que es espejo donde los viejos europeos y el resto de pueblos del mundo quieren mirarse para no verse reflejados en la esencia de la vida, que es la diversidad.


Estados Unidos es un imperio. Un imperio cultural que perdió su discurso escrito a medida que la política se supeditaba al dólar, y que amenaza con homogeneizar –si es que no lo ha hecho ya suficientemente desde la Segunda Guerra Mundial- las formas de vida del mundo. Un imperio cultural que basa su poder en la imagen y que trasciende todas las fronteras del mundo, que ya no es mundo porque es Mercado.


De camino a lo concreto, indagando en mi memoria, descubro que en la educación secundaria obligatoria nadie me dijo que Estados Unidos, por poner un ejemplo, había armado y financiado las dictaduras más sanguinarias de medio mundo para perpetuar un modelo de vida feliz basado en el consumismo. Pero esto no es de extrañar porque, la educación, lejos de educar al ciudadano, forma al profesional; es decir, abastece al mercado de mano de obra cualificada. Conciencias aletargadas que nadie despierta, a las que nadie pregunta, porque solo memorizan y solo calculan. Y así los niños, en su ignorancia, se hacen mayores cuando nunca debieron perder la originalidad de cuando eran niños. Cuando el niño profesional no es educado en lo fundamental en la Educación, recurre a otras formas de aprendizaje: se pierde y se encuentra en los ecos de saberes repetidos y repetidores de pensamientos ya pensados. Y esos ecos son la televisión, o el cine, que es cultura de imágenes.


La televisión, sobre todo en aquellos que no leen, monopoliza la cultura que el sistema educativo no otorga. Los héroes de mi infancia eran americanos (por aquel entonces les llamaba americanos, les permitía la licencia de atribuirse todo un continente), los salvadores de la segunda guerra mundial eran americanos, las familias de dentaduras perfectas eran americanas, las ciudades eran americanas y las bonitas casas eran americanas. Son generaciones y generaciones, desde los niños que veían westherns en blanco y negro hasta los adolescentes que juegan a videojuegos, educados en una cultura visual cuya finalidad es vender modelos de vida, vender simbolismos e imaginarios desde la ideología explícitamente ausente de ideología en una rueda que gira sobre los hombros de los pueblos del mundo a los que Dios olvidó en la Tierra para prometerles el cielo.


Este mundo de imágenes, es un mundo en el que los pueblos dejaron de vivir como pueblos para difuminarse en una masa global de compradores potenciales que ahora pagan por la vida o que la vida olvida si no pagan. Esta vida es una vida que quiere ser controlada y olvidada por corporaciones mundiales que necesitan dar salida a su producción masiva generando deseos artificiales e infinitos a través de la llave de los medios de comunicación, que son imágenes de la vida artificial que tienden la mano a la persona para que el consumidor se la estreche, olvidando que una vez fue persona, olvidando que una vez fue libre, olvidando que todavía puede levantarse y amanecer desde la libertad de la conciencia.



Josu Ansoleaga